Madina es un concepto

04.05.2013 | 00:00

Presumir de que se vota a un candidato por la consistencia de su discurso es tan absurdo como afirmar que se va a la ópera por el argumento. La música arrincona a la letra. Millones de personas votaron a Obama por su atractivo, algunos por su voz aterciopelada, otros porque sería el primer presidente negro, la inmensa mayoría se guiaron por la disciplina Demócrata. Y así sucesivamente. La "sabiduría de las masas" encauza apreciaciones dispersas, y evita que se cuelen figuras como John McCain o Mitt Romney, a falta de saber por qué el proceso de filtraje fracasó tan estrepitosamente con Mariano Rajoy. Por exhaustivo que sea el estudio previo de un líder, no garantiza un análisis correcto de su desempeño en el poder. Verbigracia, Adolfo Suárez nunca soñó con legalizar el PC, y mucho menos con enfrentarse al ejército franquista. La muletilla de que se vio empujado por las circunstancias apenas si resuelve la disonancia entre el perfil biográfico y el ejercicio de la presidencia del Gobierno. Media docena de catedráticos de izquierdas encarnados en Tierno Galván se sentían más preparados para el cargo cenital que el elemental Felipe González. Sin embargo, la "sabiduría de las masas" volvió a arrancar a la historia de sus goznes, con un veredicto aprobado retrospectivamente por el consenso de la ciudadanía y sus expertos. En la mayor crisis que vieron los tiempos, PP y PSOE se comportan como un conglomerado de imposible deslindamiento. Ante la desidia mastodóntica de los grandes partidos, el electorado persigue por su cuenta a los líderes de recambio, y los engalana con las virtudes requeridas, igual que se amontonan los exvotos sobre una imagen adorada. La renovación de la derecha, tras el estrepitoso fracaso de la política desarrollada contra su programa electoral, pasa por Esperanza Aguirre, el mayor reconocimiento del error cometido con Rajoy. En el patio socialista, Eduardo Madina no es un diputado concreto sino un concepto del que se cuelgan las cualidades de liderazgo, aunque tal vez haya que corregir el titular en "Madina es una ilusión". La creación de Madina a imagen y semejanza de sus votantes se refleja en que ha habido que propinarle más de un empujón, para que se atreviera a avanzar una tímida proposición para la secretaría general del PSOE. La pasión por el tópico ha impulsado a acusarlo de bisoñez. Rajoy era un veterano de mil administraciones que parece lastrado antes que enriquecido con ese currículum, y González repite a menudo que todo presidente del Gobierno es un principiante. De hecho, es muy probable que la sinceridad inaugural de Madina juegue a su favor. Respecto a la siempre insegura acusación de juventud excesiva, en ningún caso aspirará a La Moncloa a una edad inferior a la que tenían González, Aznar o Zapatero en idéntico trance. La ciudadanía confía a menudo en los líderes emergentes porque los desconoce. La imagen de agnusdéi del diputado bilbaíno se beneficia de su propensión a la discreción. Sus comentarios y declaraciones apuntan a un excelente detector del pálpito de la calle. Las acusaciones de que le falta bagaje político juegan a su favor, porque dejan espacio libre para que sea rellenado por las esperanzas de sus partidarios. En todo caso, el PSOE no puede empeorar, y la principal baza de Madina es que Rajoy ha conseguido ser más odiado que la suma de Bárcenas y Urdangarín. Un líder eminentemente blando solivianta incluso a sus votantes, otro argumento a favor de la disfunción entre la esencia de los gobernantes y su percepción. Madina ha concedido un valor estructural a la duda, que desmiente su ambición de poder. Sin embargo, no puede abusar de la humildad que lo muestra sumiso a las órdenes de Rubalcaba, y proclive a descomponerse ante un papirotazo. Si el PSOE no se consolida con urgencia en torno a una propuesta mínimamente imaginativa, será arrasado por la propia izquierda a la que ha defraudado con notable insistencia. En el único país rescatado que finge no estarlo, emergen figuras progresistas como el también diputado Alberto Garzón. Su meta no consiste en desplazar a Cayo Lara, el Rajoy de Izquierda Unida, sino en haber desplazado al magistrado que tenía en propiedad el apellido Garzón. Y el extrarradio parlamentario continuará fabricando líderes como Ada Colau, que parten con la impagable ventaja de que no se hallan contaminadas por la casta cuyos pecados irredentos han propiciado la mayor conmoción política desde la transición.

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