Ciccicorinna, la reina bis

Matías Vallés

01.03.2013 | 07:41

Ciccicorinna es la rutilante reina bis, que sacia la sed popular de royals ante la crisis de un Rey tambaleante, unos Príncipes desvanecidos y una Infanta embargada. La titular del cargo, inolvidable Doña Sofía, no da crédito. Hasta los seres humanos más ingenuos están adiestrados para una traición de su pareja, pero nadie puede aceptar el engaño a cuatro manos de esposo y yerno. En una contabilidad provisional. Mientras el socialismo catalán persigue la dimisión del Rey, su esposa ya ha renunciado. En cambio, la otra Reina no abdica. Se aferra a las portadas y resuelve asuntos de Estado a espaldas de las instituciones, un funcionamiento impropio de Botsuana. Su Alteza Serenísima y Su Belleza Retocadísima acumula más títulos que Messi. Como una buena política, apuñala a su víctima mientras presume de salvarla. Maneja sus relaciones públicas unipersonales con más habilidad que La Zarzuela. Desplazar a Rajoy de las portadas no tiene mérito, pero sus labios carnosos ocultan impertinentes el triunfo histórico del Real Madrid. Las palabras que ha pronunciado Letizia, Su Alteza Nerviosísima, ante el auge incontenible de Ciccicorinna, son impublicables. El contribuyente degusta las fotos en la convicción de que la "amistad entrañable" de la princesa de hojalata con el Rey, que en ¡Hola! evoluciona a "amistad cercana", le saldrá más cara que los veinte mil euros mensuales de dinero público que pagaba a Bárcenas, a cambio de que no lastimara al PP. Al igual que Rajoy, el Rey ni siquiera alberga la certeza de que la bien remunerada amistad implicara una mínima exclusividad. Antes de que Ciccicorinna se apunte a un reality y se desnude para Interviú, el país en pleno debe rehabilitar y pedir humildemente excusas a Bárbara Rey. La diva se mostró más discreta en el manejo de su apellido y de sus "amistades entrañables", aunque fue necesario movilizar a los espías para limpiarle el chalet. Mientras abona el finiquito de Bárcenas y de Ciccicorinna, la ciudadanía puede plantearse si este escándalo requiere un abordaje más circunspecto. Por desgracia, el análisis Serenísimo exige aceptar el desmoronamiento del Estado, o que difícilmente puede reinar quien es incapaz de frenar el narcisismo de sus amigas íntimas. Insistamos por tanto en la broma, salvo que la otra Reina se haya instalado en el trono con la voluntad de perpetuarse.

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