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Cuestión de fe

Victoria Lafora

 

Zapatero, inasequible al desaliento, volvió a ponerle fecha al final de la crisis. Creer o no en sus palabras se ha convertido en una cuestión de fe. Suena a voluntarismo y a optimismo añejo. Es verdad que hay datos alentadores pero también los hay pésimos, y si la magnitud de la crisis sólo la adivinaron cuatro, la longitud de la misma nadie se atreve a medirla con precisión. Por lo tanto dar fechas ciertas no deja de ser una temeridad más; como aquella de otro fin de año en el que desde Moncloa se proclamó, con respecto a ETA, "el año que viene vamos a estar mejor que este" y dos días después los terroristas volaban la T-4.
Hay lecciones que deberían aprenderse, y hay entusiasmos navideños que luego se recuerdan siempre, por inoportunos. No se puede decir, además, que 2009 va a ser un año muy difícil y al mismo tiempo asegurar que en el segundo semestre comenzará la mejoría. Al final el personal no sabe a que atenerse, no acaba de entender eso de los años medio malos, medio buenos.
Pocos elogios merece también el balance del año que Rajoy ofreció a los españoles: ramplón, reiterativo, cansinamente catastrofista, con frases de andar por casa que no concuerdan bien con la descripción de una crisis económica.
Parece mentira que, después de dos fracasos electorales, Mariano Rajoy siga creyendo que con un discurso cenizo, lleno de expresiones como "crisis de caballo", "gastar dinero a troche y moche", alguien le pueda ver como una alternativa ilusionante. Tal vez por eso en su partido nadie ha guardado las navajas y cualquier excusa es buena para que los conspiradores, agazapados ahora en las empresas privadas, salgan de sus rincones y desempolven la conjura.
No hay pues muchos motivos para empezar este 2009 con una alegría desbordante, pero algunos hay o así lo ven expertos económicos bastante alejados del mundo de los augurios o del de los buenos deseos. En economía, lamentablemente, los datos son los datos y lo demás palabrería.
Pues bien esos datos hacen referencia a la brusca caída de los precios, entre otros del petróleo que ha pasado de 150 dólares el barril a 50. La bajada de los tipos de interés que hará que las familias, ahogadas por las hipotecas, vean como el descenso del Euribor hace más llevadera su deuda. Si además los bancos dejan de pedir y pedir y empiezan a agilizar los créditos los ciudadanos empezaremos a sentir síntomas de alivio en la economía doméstica. Sóolo falta que empujemos todos por convicción colectiva porque lo de la fe es algo muy etéreo.

 

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