Obama

 

Charo Zarzalejos

La gira del candidato demócrata Obama ha demostrado hasta qué punto buena parte de los europeos nos hemos visto subyugados por este hombre, que hace apenas un año era un perfecto desconocido, incluso para buena parte de los americanos, y ahora está en condiciones de gobernar el país más poderoso del mundo.
¿Dónde está el misterio de Obama? Es difícil señalar una sola causa y es seguro que su secreto nada tiene que ver con calculadas operaciones de marketing. El secreto es él mismo. Es su origen, su prestancia física, su tenacidad en la pugna con Clinton y, sobre todo, su discurso. Un discurso que invita al sueño de un mundo en paz, que propone la desaparición del hambre, la justicia universal. Es un discurso, en fin, que en el fondo conecta con los mejores sueños del ser humano.
Además, Obama entusiasma porque aquí en Europa ha sobrevolado a las diferencias partidarias a las que estamos tan acostumbrados y no ha perdido un minuto en hablar de los demás. En Europa Obama ha estado más cerca de un predicador que de un político con ambición de poder, que naturalmente la tiene, pero a él no se le nota. Y eso se agradece.
En su gira europea, Obama no ha ocultado su apuesta por Afganistán y el multilateralismo. Defiende la amistad atlántica y en Berlín se dirigió al mundo en un discurso que alguien ha calificado de "planetario". Pero no hay que engañarse. Obama aspira a gobernar un país con tanto poder como problemas y son los americanos quienes tendrán que decidir.
Observadores cualificados de la realidad americana no se muestran seguros de su triunfo, pero sí ocurre que de todos los que se pronuncian a través de los sondeos, hoy por hoy son más los que apoyan a Obama que su adversario republicano, que ha optado por trabajarse la América profunda.
En Europa arrasa, pero nos falta saber cómo es percibido por sus conciudadanos, si les ofrece garantías bastantes para resolver allí, en su país, problemas tan acuciantes como la economía, la emigración o la sanidad.
La fascinación que genera Obama no deja de tener un punto de peligro, porque si su discurso "planetario", que tanto entusiasma, no se aplica a la política real, la decepción puede ser también planetaria. Por ello, y porque nosotros los europeos no votamos en los Estados Unidos, mejor sería poner una pizca de distancia, enfriar un poco el entusiasmo, porque al final las cosas son como son y no como nos gustarían que fueran.

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