Zapatero y las cacerías humanas

30.06.2008 | 00:00

CARLOS CARNICERO

El sábado se inició la era de las cacerías humanas en España. Según las crónicas, unos sesenta agentes de policía cerraron prácticamente el pueblo de Torre Pacheco, en Murcia, para identificar a cuantos ciudadanos con aspecto de extranjero pudieron localizar: en las calles, en los ciber cafés, en los locutorios e incluso en la mezquita. Los concentraron en tres plazas para identificarles y procedieron a entregar una orden de expulsión a quienes no tenían los papeles en regla.
Sólo han sido necesarios cien días desde la celebración de las elecciones para que el discurso y las prácticas del PSOE dieran un giro radical: de acusar a Mariano Rajoy de xenófobo a comenzar la caza del inmigrante después de haber apoyado una directiva europea que permite internamientos de hasta ciento ochenta días sin casi garantías legales. Los socialistas se han lavado diciendo que ciento ochenta días es mejor que nada y apostillando que en España -ellos aseguran- no se aplicarán.
Es difícil de conciliar que no haya crisis económica con las brigadas de detención de inmigrantes. Hubo un tiempo en que era impensable que un gobierno socialista realizara redadas de esta naturaleza: las encuestas mandan y conservar el poder es mucho más importante que el humanismo de Pablo Iglesias.
Dicen, aunque yo no he podido comprobarlo, que la policía ha comenzado a ir a la puerta de algunos colegios para identificar a las mujeres extranjeras que van a buscar a niños que no son suyos, por presumir que son trabajadoras domésticas. Según estas versiones no confirmadas, las personas que no disponen de documentación son detenidas o se les entrega una orden de expulsión. Ojalá no sea cierto, pero está en línea con la redada de Torre Pacheco.
Es muy posible que al conocer estas noticias algunos votantes socialistas se arrepientan de su elección ante el ocultamiento de intenciones que hizo el PSOE en su campaña electoral. La caza de inmigrantes es un deporte que le pega mucho más a la derecha y siempre es mejor el original que el sucedáneo; la primera copia, que la imitación. Aunque esta última sea más dolorosa e inexplicable.

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