La lucha libre americana

24.04.2008 | 00:00

José Manuel Ponte

En la ciudad donde resido- y en otras del país- hace furor una nueva versión de la lucha libre americana, que ahora se llama " Wrestling" o "Pressing Catch". Gusta sobre todo a niños y adolescentes aunque también acuden arrastrados los familiares que les pagan las entradas. El otro día hubo un espectáculo de esos y el pabellón de deportes se llenó hasta los topes de un público que había reservado su asiento con mucha antelación para asistir a un repertorio de golpes fingidos entre forzudos que simulan odiarse ferozmente. Aunque todos ellos se alojan en el mismo hotel, viajan, comen y se divierten juntos. En realidad, siempre fue así. En los años cincuenta y sesenta del pasado siglo la lucha libre americana era uno de los espectáculos favoritos de las masas, junto con el fútbol, los toros, el boxeo, las procesiones religiosas y los desfiles militares. Solía celebrarse al aire libre, en las plazas de toros o en recintos especializados en combates deportivos, como el madrileño Campo del Gas, que era una especie de Luna Park español. Entonces era anunciado en los carteles como "Catch as catch can"( "Coge como puedas, o por donde puedas", en inglés) pero los aficionados lo conocían como "cachascan", un palabro que bien podía significar "pelea entre tíos cachas". Aquellos funcionarios del tortazo y la patada alevosa en los huevos (todo de mentira por supuesto), también se revestían de una parafernalia impactante, con nombres y atuendos adecuados al papel que les correspondía representar. Yo recuerdo a Peltop, alias "Cabeza de hierro", muy conocido en Asturias donde luego se dedicó al rescate submarino de la chatarra de barcos hundidos; a Tarrés, un catalán enorme que exhibía en la frente una protuberancia de dureza comparable a la de los cuernos de rinoceronte; a Chausson, un moreno elegante que se presentaba como "campeón del mundo"; a un portugués rubio que se hacia llamar "el ídolo de las mujeres", A Tupac Amaru, un supuesto descendiente directo de los incas, y hasta a Liñeira, un modesto compañero de repertorio que limitaba su curriculun al titulo de campeón gallego. Toda esta tropa bien avenida recorría el país durante el verano, y en la temporada de invierno se afincaba en Madrid o Barcelona, únicas ciudades donde había afición y locales adecuados. La versión actual de la lucha libre americana dispone de muchos más medios. Hay una organización empresarial que dirige el negocio con criterios de multinacional, los beneficios son enormes y los luchadores se desplazan en un avión privado con butacas adaptadas a sus amplias espaldas. Por lo que he visto en las fotografías de los periódicos, a los números habituales de golpes trucados e insultos y desafíos al público y a los árbitros se le añaden unos enfrentamientos entre mujeres atractivas, bien musculadas y ligeras de ropa, que además permiten organizar unos romances (se supone que también fingidos) con sus colegas masculinos. Todo ello, según un guión y una coreografía previamente establecidos. La industria de la simulación no deja nada al azar. A la gente le gusta dejarse engañar, y que le cobren por ello.

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