baloncesto en silla de ruedas - División de Honor

El evangelio según Pablo Beiro

Manolo Veiga y Carlos González, cofundadores del Amfiv, relatan su lucha por la integración de los discapacitados

11.10.2016 | 02:15
Carlos González, José Antonio Beiro y Manolo Veiga, en A Miñoca. // Marta G. Brea

El pabellón de Bouzas acoge mañana (de 11.00 a 14.30 horas) el I Memorial Pablo Beiro, el presidente del Amfiv, fallecido en febrero de 2015. Escuelas deportivas, filial, Celta Zorka y Seis do Nadal protagonizarán los actos previos al amistoso entre el primer equipo y el BSR Valladolid, que tiene la consideración de Trofeo Cidade de Vigo. Beiro es una figura capital en la sociedad olívica, más allá del papel del club que creó como referente deportivo. El vigués participó de forma activa en la batalla por la integración de las personas con discapacidad, una tarea que compartió con Carlos González y Manolo Veiga.

Pocos conocieron mejor a Pablo Beiro. José Antonio, su sobrino y sucesor en la presidencia del Amfiv, creció en su regazo. Manolo Veiga, tesorero, fue su amigo desde niño. Junto a Carlos González, el secretario, fundó el club. Sin embargo, desde febrero de 2015, que falleció, se les acercan personas a relatar historias que inevitablemente comienzan: "Vosotros no sabéis, pero Pablo por mí...". Y después le añaden el favor, el regalo, el consejo. "Le encontró trabajo a muchos discapacitados. Nosotros sabíamos de algunos, pero no de todos. No le gustaba que ni los propios compañeros lo supiésemos. Lo hacía porque sentía que tenía que hacerlo", explica Carlos. Es el Beiro al que mañana se homenajea en ese pabellón de Bouzas que lleva su nombre. El deportista de alto nivel, el dirigente, el benefactor. Aquel cuya obra resulta evidente en el club de baloncesto en silla de ruedas, pero que alcanza innumerables rincones y biografías.

A Beiro le dejaron inerte el tren inferior siendo adolescente, en una operación de columna mal ejecutada, recién iniciados los ochenta. Cuando regresó a Vigo del Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo descubrió una realidad en la que las personas de movilidad convencional rara vez reparaban: la hostilidad del mundo hacia los discapacitados físicos.

En 1982 "no veías sillas de ruedas por las calles. Muchos edificios no tenían ascensor. No había un solo rebaje ni rampas", recuerda Carlos, él condenado a las muletas desde los 4 años por culpa de la poliomielitis. Muchos minusválidos, "así se decía entonces", quedaban confinados en casa, sobreprotegidos por el cariño o la vergüenza de sus familias. En la provincia de Pontevedra, a diferencia de A Coruña, ni siquiera existía una asociación que vehiculase sus reclamaciones. La única agrupación empleaba a los discapacitados en parkings.

El Instituto de Mayores y Servicios Sociales (Imserso) decidió cubrir ese vacío. Diez fueron los convocados al acto fundacional, entre ellos Pablo Beiro y Carlos González. Así nació la Asociación de Minusválidos Físicos de Pontevedra (Amfip). Fueron meses de gestiones, entre abril y diciembre, cuando se registró. Los implicados buscaban en los archivos del Imserso las direcciones de los lesionados medulares y les escribían cartas pagando los sellos de su bolsillo. "Un sábado estábamos cogiendo direcciones y cerraron la sede del Imserso en Torrecedeira sin saber que estábamos dentro. Tuvimos que llamar a la policía municipal, un cristo", cuenta Carlos. Él impulsaba la vertiente más pedagógica de Amfip. "Creía en integrar por mediación de la cultura. Nos dimos a conocer. Promovimos las asociaciones que fueron surgiendo en O Morrazo, Pontevedra, Nigrán, Valga, Lalín, A Estrada?".

Experiencias dramáticas

En sus viajes por la provincia, dando charlas, presenciaron situaciones truculentas. "Vimos de todo, como una persona mayor sin silla de rueda, con un banquito de madera, dando saltos. A un parapléjico de Santa María de Oia fuimos a convencerlo de que saliese de la cama. Teníamos que difundir esa especie de evangelio. Faltaba información, no sabían dónde ir, dónde pedir las cosas. Había incluso analfabetismo".

"Hoy no se ven a las personas en silla como bichos raros. Fue hace treinta años, podríamos decir que ayer y a la vez era la prehistoria", conviene Manolo Veiga, que jamás ha tenido dificultades motrices. Su vinculación surgió de su amistad con Beiro. Sus familias se conocían. Ellos se hicieron íntimos de pequeños. Cuando Pablo se involucró en el Amfip, Manolo se enroló como chico de los recados.

- Estoy viendo fotos del club y a ti no te veo. ¿Dónde estabas?-, le preguntó hace poco Carlos.

- Yo era el que quitaba las fotos-, le replicó Manolo,tan implicado que años después, cuando se casó, pasó parte de su luna de miel en Sevilla porque en la capital andaluza disputaba el equipo un torneo.

En aquellos tiempos cualquier pequeña conquista tenía tintes épicos. "Para conseguir el rebaje de la acera delante de la sede de la asociación, en Travesía, nos volvimos locos", mencionan. Abundaron las amarguras. "Reuní un equipo de profesores universitarios para dar clases los fines de semana. No hubo ni un solo inscrito para sacarse los estudios primarios. Me sentí saturado", explica Carlos, que se consuela: "La semilla quedó. Llegamos a tener 434 asociados. Trabajamos mucho con la Xunta para sacar la famosa ley de eliminación de barreras, que llevó diez años".

Carlos decidió dimitir como presidente del Amfip en 1986. Beiro, él y otros fundaron el Club Amfiv, exclusivamente vigués y centrado en el deporte. Beiro era el que había apostado por esta vía, la que mejor había funcionado. Beiro había descubierto el baloncesto durante su rehabilitación en Toledo. El primer equipo que organizó se iba por las fiestas de los pueblos, pintaban una cancha con tiza y empleaban las canastas que hubiese a mano. Carlos asegura: "Era la primera vez que la gente lo veía y se quedaban con la boca abierta".

Era la vida cotidiana de todos ellos otra forma de difundir la integración. En las cenas en A Cascarexa los vecinos de Manolo lo espiaban con los discapacitados y al día siguiente le interrogaban.

-¿Qué hacías con esa gente?

- Tranquilos, no es contagioso.

Pablo se había comprado un Seat Panda adaptado, el medio de locomoción de la pandilla. Se iban a los partidos del San Miguel o a la Discoteca Ramallosa 2.000. En el Cine Vigo le ayudaban a subir y bajar escaleras. Y cuando acababan de cenar en el restaurante chino de la Alameda paseaban hacia Vinos entre pullas burlonas.

- Apura, cojo de mierda-, le decía Beiro a Paco, otro del club.

- Minusválido de los cojones-, le respondía.

"Eso tiene que ser lo normal", afirmaba Carlos si algún viandante se escandalizaba. "La gente no debe asustarse de las discapacidades. Era otra manera de romper barreras mentales".

En el Amfiv, Pablo Beiro ejerció de presidente y estrella. En el patio de su casa se había iniciado jugando con Manolo al burro en una canasta y practicando el tiro con una escopeta de balines. Destacó en ambas disciplinas. Como tirador acudió a los Mundiales de Stoke Mandeville, cuna del paralimpismo. Ya en la villa inglesa se acercó a un entrenamiento de la selección española y el entrenador, Barbero, tan pronto lo vio lanzar, lo incluyó en sus planes. Beiro tuvo que elegir, optó por el baloncesto y en Seúl 88 se convertiría en el primer paralímpico gallego.

En Vigo seguían quedando muchos obstáculos. Se necesitaban sillas. En servicios sociales los mandaban a deportes y al revés. "Pablo habló con Juan Herrera, que era diputado provincial, y nos consiguió diez sillas de ruedas, aunque eran de paseo, de hospital. Tampoco había jugadores. Hasta Manolo tenía que jugar para completar el cinco contra cinco. Pero dio resultado".

Lágrimas en Peinador

El Amfiv llegó a estar puntualmente en División de Honor en los noventa y se ha instalado en ella desde 2002. Santi Domínguez les dio igual tratamiento en las subvenciones municipales que a cualquier otro equipo de élite y les animó a poner en marcha las escuelas deportivas, la sección que Beiro más mimaba. En ellas empezó Agustín Alejos, reciente subcampeón en Río. Manolo fue a recibirlo a Peinador. "Iba feliz. Pero fue verlo salir con la medalla y empecé a llorar. Me faltaba alguien allí. Pablo hubiera estado tan contento".

Beiro, aunque gigante, carismático, "de pocas palabras e ideas muy claras", era humano y flaqueó. Demasiadas personas buscaban en él alivio y remedio. Sus tareas políticas como concejal del PP, que asumió por pragmatismo, incrementaron el desgaste. "Nunca hubo discusiones políticas en Amfip o Amfiv", aclara Carlos. "Cada uno tenía sus ideas. Tenemos el orgullo de que con nosotros, en el mismo desplazamiento, fuesen Santi Domínguez, del BNG; Belén Sío, del PSOE, y Jacinto Lareo, del PP. Qué viajes, qué cenas".

- Tengo que dejar el Amfiv y la política y dedicarme a vivir-, le espetó un día a su sobrino ("me queda la pena de que se fue sin eso, vivir, ahora que tenía todo arreglado", confiesa José Antonio).

No fue solo una amenaza. Hace algunos años, en su cocina, Pablo, Carlos, Manolo y José Antonio llegaron a concluir el cierre del club. Hasta que Manolo tomó la palabra.

- Hemos criado un niño, le dimos de comer, estudios, lo pusimos en el mundo y ahora que va a la universidad lo abandonamos.

El Amfiv resistió a esa crisis, con José Antonio asumiendo mayor protagonismo. Aunque Pablo, de vez en cuando, abroncaba a Manolo remedando su metáfora.

- Me cago no fillo ese.

La criatura goza de buena salud. En abril el club volverá a ejercer de anfitrión de un torneo continental. Pablo no podrá disfrutarlo. El cáncer se lo llevó el 28 de febrero de 2015. Manolo lo recuerda a poco del final, postrado en cama, consciente de su estado, preocupándose por todos e incluso recomendándole: "Carlos está acojonado. Hay que cuidarlo". Y cree saber qué pensaría exactamente si pudiese presenciar su propio homenaje.

- ¿Qué carallo estades facendo?

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

Buscador de deportes

Enlaces recomendados: Premios Cine