Luis Torras, 104 años de arte

El pintor vigués, que sigue en activo, será homenajeado mañana, día de su cumpleaños, por la Escuela de Artes y Oficios - "A los 105 me planto", bromea sobre su edad

28.12.2016 | 11:18
Luis Torras, en su estudio, con dos obras de este año, una de ellas un retrato de su mujer. // Alba Villar

Camina entre sus lienzos con la serenidad que da la sabiduría. El pintor Luis Torras, que mañana celebrará sus 104 años rodeado de sus exalumnos de la Escuela de Artes y Oficios de Vigo, continúa fiel a sus pigmentos y pinceles. Todas las mañanas se recluye en su estudio para trabajar y en su caballete no falta nunca un lienzo en proceso. Paisajes, retratos -su mujer, Mª Jesús Incera, es su musa- y bodegones, todos de gran formato, continúan engrosando su legado.

Luis Torras se pasa los días rodeado de sus lienzos, pinceles, espátulas y pigmentos de colores, ideando, experimentando, pintando. Y es que su estudio es el lugar donde mejor se desenvuelve, aunque mañana, día de su 104 aniversario, sus antiguos alumnos y los profesores de la Escuela de Artes y Oficios de Vigo le arrancarán por unas horas de su espacio vital para rendirle homenaje. María Jesús Incera, su mujer y musa, le acompañará.

El artista vigués nunca ha sido muy amigo de boatos, y ahora que sobrepasa la centuria menos, reconoce, aunque no faltará a la cita. "¿Cómo voy a faltar? Me han mostrado un cariño que vale más que mil medallas", afirma, emocionado, el pintor, que aún recorre el Casco Vello para plasmar en sus lienzos el alma del Vigo marinero, ese por el que correteaba siendo un chaval de pantalón corto, antes de la guerra, antes de que un balazo le dejara sordo. "No oigo y esto es una de las razones por las que nunca me he sentido cómodo en los actos sociales", reconoce el artista, que tiene colección permanente en la Casa das Artes. Él prefiere el remanso del estudio en la calle Emilia Pardo Bazán, sin voces que pueda confundir con ruido.

Torras ha llegado a una edad en la que hasta se permite reírse de su propia muerte. "Yo ya me planto", afirma. Pero no se refiere a la pintura, con la que continúa teniendo su cita diaria después de desayunar y leer el FARO. "Es mi droga", afirma sobre el diario. El centenario pintor se refiere a la vida. "105 es una cifra muy bonita para plantarse", insiste.

Reflexionando sobre su longevidad, no cree que el secreto esté en su amor por el arte ni en los quince minutos que dedica a hacer ejercicio todas las mañanas ni a la buena mesa, de la que fue y sigue siendo un gran aficionado. "La clave me la dio el otro día un amigo, que me dijo: 'Luis, tú no te mueres porque no tienes tiempo'. Y es verdad, me falta tiempo", sentencia, con una sonrisa.

Le falta tiempo, dice, para hacer más cosas, y eso a pesar de que su jornada comienza a las siete y media de la mañana. Le sucede lo mismo a su proceso creativo. "A veces hay obras que no salen adelante porque hubiera necesitado más tiempo para investigar, para experimentar, para perfeccionarlas", reconoce.

Esta falta de tiempo se hace ahora acuciante porque, aunque continúa trabajando todos los días, hay proyectos que le rondan en la cabeza que no se atreve a poner en marcha por miedo a que queden inconclusos. "Ahora voy más lento porque me cuesta mover los lienzos, colocarlos en el caballete, descolgarlos...", comenta. Aún así, sigue fiel al gran formato y continúa experimentando con nuevos materiales y con sus pigmentos -Torras no emplea óleo-, y elaborando sus propias recetas, como la caseína (requesón diluido en cal), con la que ha realizado uno de sus últimos cuadros.

Mientras haya luz natural en la estancia, Torras se mantiene delante del caballete. "Pintar es mi enfermedad. Yo envidio a los artistas que dicen que disfrutan pintando. Yo las paso canutas. Hasta me quita el sueño, pero es algo que tengo que hacer, tengo que pintar", alega.

Cuando concluye una obra, tampoco está nunca del todo satisfecho. "Siempre pienso que se puede mejorar", dice. Este alto grado de autoexigencia ha hecho que muchas obras hayan acabado en el hogar de la casa. "De haber quemado algunos, sobre todo uno en particular, sí que me arrepiento ahora", reconoce mirando a su mujer. María Jesús asiente y sonríe.

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