ADIÓS A 'GORECHO', UN AUTOR POLIFACÉTICO

Muere Vázquez Gil, salvaguarda de la memoria de Vigo

El Cronista Oficial de la Ciudad fallece a los 89 años - Dirigió el Museo de Castrelos y fue cofundador del Instituto de Estudios Vigueses

21.06.2016 | 10:42
Lalo Vázquez Gil, en la presentación de su libro "Novos Retrincos da Historia de Vigo". // FdV

El periodista,poeta y dibujante gráfico Bernardo Vázquez Gil, "Lalo", "Gorecho" en el mundo del humor, salvaguarda de la memoria local como Cronista Oficial de la Ciudad y autor de 16 libros, ex director del Museo Quiñones de León y cofundador del Instituto de Estudios Vigueses, falleció ayer en Vigo a los 89 años, dos días después de Fernando Quesada. ¡Cuánta memoria viva, cuántos afectos nos dejan!

El sábado fue Quesada y apenas dos días después, ayer mismo, Lalo Vázquez Gil, y es como si la Parca quisiera haber raptado a Vigo dos vidas unidas por un sentido del humor que perpetuaron en incontables viñetas periodísticas. Lalo Vázquez Gil, "Gorecho" o "Gorechiño", también se nos fue aunque ya advirtiéramos el declive de su presencia, su ausencia progresiva hace tiempo. Ambos nacidos fuera de Vigo, uno en Ourense y otro en Cotobade; los dos tan pasionalmente vinculados a la ciudad que uno ,Lalo, era su Cronista Oficial hace décadas. Cronistas fueron ambos de un tiempo y de un país, marcado por una Guerra Civil en cuyo frontispicio nacieron y que cada uno vivió e interpretó a su manera.

La multiplicidad de Lalo

Lalo forma parte de mi primera memoria periodística como director en la revista El Pope, allá por los años 70, pero ya antes temblamos ante él como profesor de Gimnasia cuando con gesto severo, en el Bachillerato de la adolescencia, nos hacía saltar el plinton y el caballo en el colegio Alba y algunos no demasiado avezados en esas tareas corporales temíamos perecer en el empeño o que se destartalaran en el mismo nuestras partes más nobles (así lo contaría él). Ya en ese tiempo recuerdo a un profesor que dosificaba severidad con buen humor, y que nos deslumbraba con sus anécdotas o relatos. Nos podía hacer reir, pero nadie le tosía.

Era un narrador nato que volví a encontrar no como maestro gimnástico sino periodístico, desbravándome en mi primer empleo estable en aquella revista que cada poco sufría los rigores, en cuanto a libertad de expresión, del último franquismo: El Pope. Lalo, que conocía los adentros del Régimen y había interiorizado en los suyos el espíritu de cambio, toreaba con maestría desde el coso periodístico en esa difícil etapa en la que aún había que escribir entre líneas. Una etapa en la que me asombró su multiplicidad, su hacer poliédrico, fuera como periodista, poeta, dibujante gráfico, director y autor teatral? y hasta grabador y escultor. Pero ¿cómo se puede ser tantas cosas en una sola vida? me preguntaba yo pasmado sobre ese Lalo que ya había sido también Delegado de Cultura en Vigo, Jefe de Prensa y Relaciones Públicas del Ayuntamiento y que iba a ser, aunque ni él lo sabía, otras cosas como Cronista Oficial de la Ciudad (nada menos que salvaguarda de nuestra memoria local) o cofundador del Instituto de Estudios Vigueses.

Pasados los años le agradecimos mucho sus libros sobre Vigo, que nos servían de fuentes de datos a muchos periodistas más jóvenes para desarrollar nuestros propios trabajos. Inolvidable el dedicado a explicar nuestras calles, un titánico esfuerzo onomástico y de búsqueda en el que no podía evitar, como en la mayoría de sus 16 títulos, el sentido del humor narrativo. En mi biblioteca sigue también "Retrincos da historia de Vigo", escrito con ese cierto caos ordenado que tanto le gustaba, y el ensayo "El humor gallego en los medios de comunicación", y veo ahora también en el milímetro cercano la historia de Bouzas.

Le echaremos de menos a él, aunque ya nos había ido acostumbrando un poco con sus últimas ausencias, con la retirada a su pesar de lo público por el lógico declive de su naturaleza casi nonagenaria; echaremos de menos su alegría, sus chistes, sus bromas, esos relatos jocosos a pie de obra que no se cansaba de contar, inventar o recordar cada vez que cogía a alguien del brazo y hacía un aparte para regalarle algo tan importante como la risa; pero también sus poemas, sus "gorechos" y "gorechiños". ¡Cómo se nos van nuestros mayores!

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