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Georgina Troncoso Monteagudo: "A Madre Clara le pedí paciencia para soportar el dolor y ella me curó"

Las pruebas que ha aportado serán decisivas para la canonización de la religiosa Madre María Clara.

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Georgina muestra su brazo curado
Georgina muestra su brazo curado 
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EVA GONZÁLEZ / TUI Georgina Troncoso Monteagudo, de 81 años de edad, ha padecido durante 34 años de su vida una dolorosa enfermedad llamada pioderma gangrenoso que le dejó sin carne ni piel el brazo derecho. Según los médicos, no tiene cura, pero la enferma se aferró a la fe y durante mucho tiempo, junto a su herida que supuraba, colocó una estampa de la Madre María Clara del Niño Jesús, cuyo proceso de canonización ya se había iniciado. El hasta ahora supuesto milagro, sucedió y la horrible herida se curó. Las pruebas y testimonios que aporta Georgina Troncoso a la Congregación de las Causas de Los Santos, son decisivas para la canonización de la religiosa.

La buena nueva de que el papa Benedicto XVI acaba de proclamar "venerable" a Madre Clara del Niño Jesús, fundadora de la congregación de las Hermanas Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción, ha llenado de alegría a Georgina, como contaba ayer en su casa de Baiona.
"Ella me curó, cuando yo sólo le pedía paciencia para poder soportar el dolor", dice. Georgina Troncoso ha entregado toda la documentación sobre su extraordinario caso, acompañada de testimonios de médicos que la han tratado y consultado, lo que se valorará cara a la canonización de Madre María Clara.

-¿Cómo recibe la naoticia de que el papa Benedicto XVI proclamase "venerable" a Madre María Clara?
-Con una alegría muy grande, porque este mundo necesita milagros. Mi caso es conocido y son numerosas las personas testigos de mi enfermedad y que ven cómo ahora puedo valerme con el brazo que tenía inútil. Quienes lo saben, no dudan de que es un milagro.

-¿Recuerda el día en que comenzó su personal calvario?
-Era el año 1969. Estaba en casa y me di cuenta de un derrame de sangre en el brazo. Acudí a la clínica del doctor Troncoso, en Vigo. El mismo doctor y el internista doctor Quintáns me dieron el diagnóstico: pioderma gangrenoso. Me recetaron un tratamiento, pero fueron sinceros y me dijeron que no tenía curación.

-Y el daño fue avanzando con el paso del tiempo...
-Mi brazo era una llaga total que iba avanzando y destruyendo tejidos. Acudí a médicos en Santiago que no coincidieron con el diagnóstico dado en Vigo. Recurrí al doctor Gómez Orbaneja, un dermatólogo de Madrid, que compartió al cien por cien la opinión de los doctores de Vigo y que me aconsejó que ya no visitase a más. Mi hermano Ramón, que trabajaba en un laboratorio, en Hamburgo, presentó mi caso por si había algún fármaco en estudio. Desde allí dijeron primero que era un "caso desconocido", después confirmaron que se trataba de pioderma gangrenoso y, por tanto, incurable.

-¿Cómo era su lucha diaria con la enfermedad?
-Los dolores eran continuos. Iba a curas diarias a los médicos que me aplicaban pomadas. No me engañaban, me decían "son para suavizar, no para curar". Después me hicieron dos injertos totales, utilizando parte del torso y de la axila, para aliviarme algo. Se infectó el lugar de donde me sacaron los tejidos. Tenía tantos dolores que le pedía al médico que me operó, el doctor Ignacio de Castro, "¡córteme el brazo!". El me respondía siempre lo mismo: "para eso hay tiempo".

-¿De qué forma llegó a alterar su vida esta dolencia?
-El brazo estaba inutilizado. Tenían que ayudarme a vestir y a otras muchas cosas. Pero no me quedé en casa y como tenía dos piernas válidas, salía a muchos sitios. Inclusive me bañaba en el mar, que me gusta mucho, pero con una funda en el brazo. Ahora me parece imposible ir a comprar y coger las bolsas, o encargarme de la cocina.

-El inicio de su devoción hacia Madre María Clara ¿cómo nació?
-En la excursión que hicimos a Lisboa, con motivo del centenario de su fallecimiento. Mis hermanas y yo estudiamos en el colegio de las Hermanas Franciscanas Hospitalarias, en Baiona. Ellas me dijeron "Gina, pídele a Madre María Clara". Así lo hice y en aquella excursión sentí algo especial. Me confié. Pedía paciencia para soportar el dolor y Madre María Clara me curó. Las monjas me habían dado una estampa que coloqué todos los días, durante mucho tiempo, en el brazo, como ellas me dijeron. El médico, Ignacio de Castro, lo sabía. Yo le expliqué que pedía a Madre María Clara su intercesión. Él me confortó diciendo que "tenemos que tener intercesores para el que todo lo puede". Después ya era él quien me ponía la estampa, todos los días, cuando me hacía la cura en Vigo. Cuando falleció el doctor, el 7 de julio de 2002, fue terrible para mi. Dije que ya no quería ir a ningún médico más y yo misma me cambiaba las gasas y me aplicaba la crema. No podía mojar el brazo.

-¿Qué ocurrió el día 12 de octubre de 2003?
-Eran las once de la mañana y fui a hacerme la cura al cuarto de baño. Venda y gasas se cayeron, todas secas, cuando lo habitual en 34 años era que estuviesen mojadas de supuración, también de noche, por lo que tenía que dormir con toallas e incluso una almohada para apoyar el brazo. Miré el brazo y vi que, de un día para otro, la zona que faltaba por recuperar tenía piel. Llamé a mis hermanas Olga y María Teresa. Les dije "¡Mirad, estoy curada!".

-¿Después, qué hizo?
-Al día siguiente fui al médico de cabecera, Carlos Dávila. Le pedí que me revisara el brazo y cuando lo vio se quedó asombrado. Le pregunté qué ocurría y me respondió que "Para mí, es un milagro, tal y como estaba antes la herida".

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