Muerte digna

29.10.2015 | 04:55

Conforme avanza la historia, el hombre se asemeja más a un muñeco de goma que a un ser humano. Confieso que no he reparado hasta que llegó a mis manos el libro de André Comte-Sponville "Ni el sexo ni la muerte.". Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad. Un libro espeso y a la vez atractivo en temas tan complejos como vitales. La sola titulación de un capítulo me puso en guardia: "No es propio del hombre ni el sexo ni la muerte". No fue necesario recurrir a otras fuentes para cerciorarme de que efectivamente era un axioma y que no podía administrar mi propia naturaleza al albur y como dueño de mí mismo. Una cosa es ser dueño de mis actos y otra de mí mismo.

Casi un siglo de vida me permite, sin recurrir al invento circense de "la memoria histórica", reconocer una evolución sociológica tendente a que "morir con dignidad" depende de la facultad humana con su arbitrariedad argumental como dueño de la vida propia y ajena con la anuencia de la deontología médica, cuya función fundamental es la defensa de la vida misma, proteger y recuperar la salud, lograr que no se muera antes de tiempo.

La aprobación de aplicar la eutanasia ante una probada -y nunca definitiva- irreversibilidad de una salud mejorable no deja de ser un asesinato de guante blanco -el de la conmiseración- ni siquiera por el propio paciente en situación terminal, porque no es dueño de sí mismo y ha de ajustarse sino a una ética moral, a una ética natural.

Toda muerte es digna no porque sufra más o menos, sino porque es un corolario de la existencia de toda criatura humana. Es digna de "motu proprio" no por deliberación ajena. A la muerte no se le puede aplicar el sambenito de "calidad de vida". Es la que es y no puede ser de otra manera, inclusive cuando la ciencia médica confiese que es irreversible y que lo natural es que la propia natura defina en su momento el final.

No hay ley política posible con facultad de usar la eutanasia por ningún concepto, si acaso a endulzar su agonía, su agresividad, función inequívoca de los médicos que por su propia vocación ministerial ya ejerce de manera laudable.

Los padres no tienen potestad sobre sus hijos en situación límite. Ni el médico, la pena interior, ni la complejidad de vida por su durabilidad. Abrir una espita a admitir la eutanasia sería como bombardear el planeta con bombas atómicas, y como sucediera una vez en pleno siglo XX, perviviera una raza superior que produjera un mundo paradisiaco.

Este tema de la eutanasia permite cataratas de palabrería sobre su permisividad, pero si no se vigila los supuestos de un silogismo recto, es como si se hablara de otra cosa menos de la muerte rápida. La pena de muerte en muchas capitales del mundo muestra un desprecio a la vida misma que no devenga intereses egoístas. Dejo aparte la creencia para centrarme plenamente bajo el prisma de la razón y aprecio y respeto por la vida de los demás. Cuando alguien haya muerto y me diga que no hay nada más, escribiré otro comentario.

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