Vuelvo a la utopía

Enrique Núñez Garrido

02.03.2013 | 10:43

Texto íntegro del discurso leído por el exalcalde y el exmagistrado durante el homenaje que se le tributó ayer en Vigo.
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Me dirijo a todos vosotros, amigos/as, con el estado de ánimo del que entra en la sala de estar de una casa o en un café a charlar con unos amigos que te esperan.
Con ese estado de ánimo, me gustaría saludar y mencionar uno a uno a cada uno de vosotros, y no perder la espontaneidad del momento.
Pero me es difícil improvisar una línea discursiva, y por eso, y bien que lo siento, he escrito unas notas, que no son una conferencia sino una superficial reflexión del tiempo que me ha tocado vivir.
Cuando los amables organizadores de esta comida, a la que antepusieron la palabra "homenaje", me hicieron llegar su inevitabilidad, dos reflexiones me afloraron: la primera de agradecimiento a Germán Serrano, juez decano de Vigo, y a la magistrada Magdalena Fernández-Soto que, con la ayuda de la Secretaria Judicial Carmen Adellac y de la funcionaria Ana Novo, pusieron en marcha sus dotes de persuasión y dedicado su tiempo para convenceros de vuestra asistencia.
La segunda es el hecho mismo del homenaje. Un homenaje son palabras mayores, supone la existencia de unos méritos que no tengo y por eso me hubiera gustado más dejarlo en una comida de despedida de una profesión, en abstracto la Justicia, a la que he dedicado de una forma u otra, todos los días de mi vida.
En cualquier caso, muchas gracias a todos, por desplazaros, por asistir y por tener la paciencia de escucharme. El acto que entre todos habéis organizado supera cualquier previsión por mi parte. Voy de sorpresa en sorpresa.
Un poco de historia: hace 64 años nací en Vigo, en una familia modesta, que se empeñaba en salir de la escasez y que aspiraba a que sus hijos pudieran hacer lo que ellos no habían podido: estudiar y formarse.
Era una época de silencio y pobreza; de colas y penumbra. Era una España gris, disfrazada de alegría; vacunada contra todo lo que supusiese entendimiento y tolerancia. Pero también fue una España en la que nos plantamos vivamente. Mi generación vivió y protagonizó el final del franquismo y eso propició que viviésemos llenos de ilusiones y principios en los que no cabían los medios tonos: todo era blanco y negro.
En esa España, y la universidad como marco propicio, era fácil dotarse de sangre jacobina. De ahí que viéramos a la revolución triunfando y sin darnos cuenta nos convertimos en un ejército de Robespierres. Estábamos llenos de razón peleando contra una dictadura.
Y mientras en Europa y EE UU, en la década de los 60 y principios de los 70, fueron apareciendo movimientos alternativos como el feminismo, el pacifismo, la tolerancia, la lucha por los derechos civiles, el estado del bienestar y el sincretismo religioso. Y también nacieron los Beatles€ Nosotros, jóvenes radicales españoles, seguíamos más preocupados por la terminación de la dictadura; admirando al hombre-nuevo que, se decía, había nacido detrás del telón de acero. Nada, ni Hungría ni Checoslovaquia, podían hacernos cambiar nuestras talibánicas creencias.
Tuvieron que pasar bastantes años, que empezaran a caer los muros, para que viésemos lo que había detrás; no nos quedó más remedio que pasar de Robespierre a Erasmo; de la revolución a la tolerancia democrática.
El cambio, en el que participamos activamente, se hizo sin traumas especiales, a pesar de lo que habíamos sido. Nosotros, a los que nos había repugnado el parlamentarismo burgués, acabamos de parlamentarios burgueses; nosotros que habíamos denostado a los empresarios, tildándolos de explotadores, acabamos admirándolos; nosotros que habíamos estudiado en una universidad a la que no parábamos de criticar, la hemos llenado de catedráticos con pocas ganas de cambio; nosotros que habíamos puesto en cuestión la cultura mayoritaria del fútbol por considerar que eran pan y circo de las masas, hemos acabado delante de la televisión siguiendo los goles de Messi y Ronaldo; nosotros que teníamos como pretensión final derribar el capitalismo hemos terminado sustentándolo y preconizando el fin de las ideologías.
Bien es verdad que hemos modificado las formas, sustituyendo el traje gris por la "arruga es bella" y el salón con oropeles por el garaje californiano: el parecer por el ser.
En lo que a mí toca, mi vida profesional ha sido prolija: ejercí de maestro nacional, de camarero, abogado, profesor de universidad, magistrado, parlamentario, alcalde, tertuliano, columnista, conferenciante y corredor pedestre aficionado. Como veis, solo me falta título nobiliario, por ejemplo duque de Pérez.
En la práctica con tanto cambio me convertí en un destinatario del poema de León Felipe romero solo.
"Ser en la vida romero. /Romero solo que cruza siempre por caminos nuevos. /Ser en la vida romero,/ sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo./ Ser en la vida romero€ solo romero./ Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,/ pasar por todo una vez, una vez solo ligero,/ ligero, siempre ligero.
"Que no se acostumbre el pié a pisar en el mismo suelo,/ ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos/ para que nunca recemos como el sacristán los rezos,/ ni como el cómico viejo digamos los versos€ No sabiendo los oficios, los haremos con respeto."
Volviendo a mi deambular profesional, terminé la carrera y me puse a trabajar en el despacho del viejo profesor Tierno Galván; continué con Raúl Morodo de quien tantas cosas aprendí. En todas las profesiones he tenido buenos y malos momentos, pero he de decir que en todas he peleado por ser un buen profesional. En todas he vibrado; he reído y llorado; y sigo llorando cuando las injusticias se me ponen delante. Aún me gusta que digan que soy defensor de causas perdidas.
Me jubilo en un Juzgado de Instrucción de Vigo, como empecé en Cuenca. He pasado por órganos más señalados, y tanto en unos como en otros he visto el esfuerzo de los jueces en sacar los asuntos para delante. Todas las profesiones son excelsas si se hacen con dedicación y se pone el alma en ellas. Pero es ser juez, es para mí el culmen de las profesiones. Nada más ni nada menos que administrar el poder que la sociedad nos otorga para resolver los conflictos que en ella se originan. Un juez es vocación, conocimiento y dedicación, pero también emoción.
Termino, no sin antes congratularme de ver aquí a personas de diferentes ideologías, lo que especialmente agradezco.
No quiero citar a nadie pues siempre me quedarían muchas personas sin hacerlo, pero quiero agradecer especialmente a los que habéis tenido que desplazaros a Vigo algunos desde lugares lejanos.
Por último: Lola e hijos, por vosotros.
Hoy para mí comienza el presente. El ayer, como dice el cartel de mi amigo Carlos Prado, se ha jubilado pero me quedo con el jubileo. No me voy a sentar delante de la TV, ni pasearé por la ciudad viendo las obras con casco de capataz. Vuelvo a la utopía de mis años jóvenes.
Vuelvo a cantar con John Lennon:
"-Imagina que no hay paraíso,
es fácil si intentas,
ningún infierno debajo
encima de nosotros solo cielo
-Imagina que no hay países,
nada por lo que matar o morir,
es fácil si lo intentas."
IMAGINE
GRACIAS DE NUEVO

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