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El manga de los márgenes

¿Recuerdan aquella revolución, o moda, del manga que estalló con la fiebre de Son Goku? A través de series interminables de fantasía, acción o ciencia ficción, los cómics japoneses triunfaron en España. Hoy siguen en buena forma y además se publican mangas, por así decirlo, menos convencionales

Shigeru Mizuki es uno de los mangakas más reconocidos.

Shigeru Mizuki es uno de los mangakas más reconocidos.

Una mujer vende preservativos puerta a puerta en los años sesenta en un Japón de transición, de la tradición a la modernidad. Es la protagonista del relato más largo de "La chica de los cigarrillos" de Masahiko Matsumoto. Este libro editado por Gallo Nero compila trabajos más o menos breves publicados originalmente en los primeros años setenta, y es un magnífico ejemplo del gekiga, esto es, el movimiento alternativo del cómic japonés (que se gestó en la década de los cincuenta). "La chica de los cigarrillos" es una obra contemplativa, delicada, también de tono desenfadado, muy alejada de los estándares que el profano puede atribuir al mainstream del manga. Su dibujo produce cierto extrañamiento, las estructuras destartaladas de sus narraciones nada tienen en común con los novelones-río de Katsuhiro Otomo o Toriyama, el padre de "Dragon Ball". Son anecdóticas y breves, pero capturan la trascendencia de la vida. La misma editorial publicaba en 2015 "El hombre sin talento", una obra maestra de la narrativa intimista que insiste en estas pautas de lo cotidiano y el ritmo en cadencia lenta, y en salirse de los caminos habituales.

Otros editores contemplan las posibilidades que ofrece Japón, más allá de sagas de mayor fama, tipo "¡Yotsuba!" de Kiyohiko Azuma, o "Fullmetal Alchemist" , de Hiromu Arakawa, ambos editados por Norma (y que se parecen la una a la otra lo que un huevo a una castaña, por descontado: que nadie entienda que el manga más comercial es un todo homogéneo).

Autsaider ha apostado por Yusaku Hanakuma y su desopilante "Tokyo zombie". Se trata de una suerte de gansada underground con karatecas de pelazo afro y una invasión de muertos vivientes que genera negocios dantescos y circenses. Su aspecto visual es la antítesis a los códigos más manidos del manga: ni grandes ojos, ni fondos realistas habitados por personajes caricaturescos, ni dilatación de la escena en incontables páginas (muy al contrario, aquí gana la elipsis). Lenguaje directo, humor gore, y mucho vacile es lo que el lector va a leer en este librito, del que existe una adaptación cinematográfica, por cierto.

Ya que hablamos de gore, no está de menos recordar que el manga es uno de los lugares de encuentro con el terror contemporáneo más turbadores del planeta. Abrevando de una tradición donde el bien, el mal, el justo castigo y demás estándares judeocristianos son entendidos de un modo muy diferente, las obras de autores como Junji Ito o Suehiro Maruo son lectura obligada para los estómagos curtidos y los amantes del horror.

Sin embargo, si existe un autor con el que hay que estar ciertamente curtido, forrado en hierro, diría, ese es Shintaro Kago. Su propuesta excede lo meramente terrorífico para inyectar en la retina una experiencia atroz, brutal, que deja en juego de niños los desaires de la narrativa de "la nueva carne" (aquel terror que practicaba el primer cine de Cronenberg o algunos relatos de Clive Baker). Lo de Kago es encontrar el placer estético casi masoquista en la degradación total. Lo que cuenta y cómo lo cuenta, todo concebido como una amalgama de espanto, en los mejores trabajos de este autor supura degradación y deconstrucción extremas. En febrero ECC saca "Fetus collection", nueva oportunidad para enfrentarnos a la imaginación más pútrida y venenosa del cómic cuyo título ya da pistas de las ¿bondades? De su turbio creador.

Hemos arrancado líricos y nos hemos terminado despeñando por los acantilados del manga más salvaje. Podemos volver a territorios más plácidos recordando, para ir finalizando, que también los autores más clásicos del manga, los que han levantado géneros narrativos, fórmulas creativas estandarizadas y hasta industrias del ocio, han entregado versos sueltos o indagado en posibilidades para el manga. Shigeru Mizuki es uno de los mangakas más importantes y reconocidos, un maestro del gekiga, y su obra se ha movido en la senda de lo biográfico o del destilado de su propia personalidad (cuando no habla de su propia experiencia vital, Mizuki se cuida de filtrarla en sus ficciones). Astiberri ha editado una buena cantidad de sus obras, incluida su "Autobiografia" o "Kitaro", con un quinto libro recién salido al mercado.

Y si hablamos de clásicos, citaremos al proclamado dios del manga, Osamu Tezuka, de quien se editó en castellano no pocas muestras de su capacidad ya no solo para inventar géneros, crear personajes y alargar sagas sin agotarlas. También obras inclasificables, personales. "El libro de los insectos humanos" es un buen ejemplo, una historia alrededor de una típica vamp, toda una mantis religiosa, en una historia creada en 1970 que bebe del drama y del thriller para crear algo único.

Habría más títulos y recomendaciones de eso que hemos dado en bautizar como márgenes del manga, del mismo modo que podemos reivindicar la calidad de no pocos títulos comerciales del cómic japonés, pero se trata de ofrecer unas pistas, pinceladas que cuanto menos expresen una idea.

El manga es muy diverso, más de lo que el profano puede sospechar. Hay mangas salvajes, delicados, reflexivos, vacilones, de género o inclasificables. Hay, como dice la muletilla, un manga para todo el mundo. Solo hay que saber buscarlo: quizá este texto ofrezca algunas pistas para ir empezando.

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