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El clima en los tiempos del virus

La estacionalidad de la pandemia marea a los meteorólogos - La tesis de que el calor y la humedad son menos acogedores para el Covid-19 es rechazada por los escépticos

Una mujer pasea un perro por las calles. // Inma Collín

Una mujer pasea un perro por las calles. // Inma Collín

Los arúspices, adivinos etruscos, examinaban las entrañas de los animales sacrificados para ver en ellas el futuro. Los meteorólogos se han puesto ahora a escrutar el cielo por si las temperaturas ayudan en la batalla contra el coronavirus. Aunque las previsiones del tiempo suelen ser un tema frágil de discusión, no se trata en este caso de argumentos de bar, sino de presagios científicos.

El MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) sostiene que el virus se propaga mejor en climas fríos y secos, con temperaturas entre los 3 y los 17 grados, escribe Guido Santevecchi en un completo informe publicado en el milanés "Corriere della Sera". Europa se encuentra todavía en esas circunstancias frente a los países ecuatoriales y del hemisferio sur que han sufrido hasta ahora únicamente un 6 por ciento del contagio global pero que empezarán a enfrentarse a la emergencia con sistemas sanitarios menos eficientes. La hipótesis de que la pandemia podría reducirse en Europa y Estados Unidos en el período estival se mantiene en pie aunque con ciertas reservas.

La pandemia podría disminuir en el verano, pero el calor y la humedad, menos acogedoras para el virus, no serían suficientes para agotarlo. Sí probablemente para reducir sus efectos como ya sucedió anteriormente cuando el SARS. El análisis reciente del MIT con datos recopilados de la Universidad John Hopkins revela que el número máximo de casos de coronavirus ocurrió en regiones con temperaturas entre 3 y 13 grados. España podría ser, en algunas circunstancias, la excepción por haber proliferado en fechas críticas el contacto social masivo de las vísperas de la alarma. Por el contrario, países con temperaturas promedio más altas a 18 grados registran menos del 5 por ciento del total de casos. Pone como ejemplo a Estados Unidos, donde Texas, Florida y Arizona observan una tasa de crecimiento más lenta que los estados del norte, Washington, Nueva York y Colorado, con un clima seco y frío durante el invierno y el inicio de la primavera.

Otros dos estudios, ha recogido Silvia Turín en las páginas del mismo diario italiano, contemplan una dinámica parecida: el primero de ellos, de investigadores españoles y finlandeses, muestra que hasta ahora el 95 por ciento de los casos positivos a nivel mundial se han producido a temperaturas entre -2 y 10 grados, en condiciones secas. El segundo, publicado a principios de mes por un equipo dirigido por investigadores de la Universidad de Beihang, Pekín, examinó la situación en las ciudades chinas y descubrió que en los primeros días de la epidemia, en enero, antes de cualquier intervención gubernamental, las cálidas y húmedas registraron una tasa de difusión más lenta que las frías y secas.

Pero no todo el mundo se pone de acuerdo al atribuir importancia a los berrinches del clima en relación a la pandemia. Un estudio realizado por varias universidades italianas, del que se ha hecho eco el diario romano "La Repubblica", mantiene que no hay relación entre el desarrollo del contagio y la temperatura medioambiental. "Es poco probable que el virus sea barrido por la llegada del calor. No existe una relación entre la temperatura externa y él: la creciente creencia de que la primavera lo barrerá debe ser revisada, o al menos fortalecida por otros estudios que no existen en la actualidad. El precedente que hasta el momento ha respaldado la hipótesis es la tendencia del SARS, un microorganismo de la misma familia que Covid-19 que se propagó a fines de 2002 y difuminó en julio de 2003". Matteo Brasero, director de enfermedades infecciosas del hospital San Martino en Génova, aportó el dato de que un coronavirus comparable al de hoy infectó a numerosos camellos en el Próximo Oriente en 2014, en condiciones climáticas no frías. En verano, recuerdan los epidemiólogos, las personas viven menos en interiores y en los espacios abiertos disminuye la posibilidad de propagar este tipo de enfermedades.

Ahora no es verano y vivimos confinados, mientras el aire exterior se limpia por la falta de actividad y la ausencia de los gases de los vehículos. Fuera se respira bien, decimos, mientras permanecemos encerrados con la esperanza de que la primavera nos sea leve y llegue el verano para comprobar el grado de estacionalidad del virus asesino.

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