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Sacudir la telaraña

"Las sombras de Quirke", el Benjamin Black que más se parece a John Banville

"Manténgame informado", le pide al inspector Hackett el pertinaz comunista Corless, padre de un joven aparentemente muerto en accidente, pero realmente asesinado. El policía le contesta: "Por supuesto. Lo que voy a hacer es lo siguiente: voy a sacudir la telaraña. Voy a darle una buena sacudida y ya veremos lo que aparece corriendo". En ese momento, el lector de esta nueva novela sobre las andanzas del cuarentón forense Quirke en la Irlanda de los 50 del XX suspira con alegría y con la esperanza de que sea verdad, de que la acción avance y ver qué sale de esa trama tan simple y tan previsible. Lo malo es que tal diálogo se produce ya consumidos los tres cuartos de la narración, no antes como habríamos deseado, ansioso de que, de una vez, se moviese la telaraña.

Como Benjamin Black (seudónimo usado para sus novelas negras por el gran John Banville) ya es intocable desde que lo llenasen de premios ("Príncipe de Asturias" en 2014 y en la lista de futuros Nobel), la crítica bloguera se está apresurando a señalar "Las sombras de Quirke" como la mejor de la serie. No hay tal, nada de eso. Es más: ni siquiera es de Benjamin Black, pues bien semeja a la prosa de Banville: muy poquita acción y párrafos como estos: "Un niño solo en medio de una vasta llanura desnuda, con nada a sus espaldas, excepto negrura y tempestad"; "Un lugar familiar transfigurado por la neblina en una mañana de invierno, el cabrillear de la luz de abril en la carretera mojada por la lluvia". Parece que Banville se haya metido en el terreno Black o al revés. Es más, insisto: ni Quirke parece el protagonista, cediéndole el puesto a Hackett. Es más, por fin: el progreso es tan lento, tan lento, como el tiempo eterno que tarda Phoebe, la hija del patólogo, en abrir el paquete que le entregan en una cafetería, páginas y páginas. Hay, incluso, interludios: el capítulo 18 o el sexo de Quirke con la doctora Blake. Sólo suena Benjamin Black como música de fondo: las ventas de bebés "quizá miles, que durante años han sido enviados en secreto al extranjero para dárselos a familias católicas para que los críen como si fuesen suyos", un negocio redondo de la Iglesia y la alta sociedad dublinesa de toda la vida. Porque el argumento es simplísimo: chico muerto, novia desaparecida, sospechas, resolución. O sea, Banville.

¿Quiere decirse que es una novela desechable? Nada de eso tampoco. Es una novela perfecta para haber aparecido en el primer lugar de la serie, como introducción general a ese mundo sórdido y legañoso de codicia y triple moral. Pero aparecida en el lugar que aparece, camino ya de la décima entrega, suena a redundante y a invadida por el modo de narrar de Banville, lo que no es malo en absoluto, pero no es lo que se espera. Una última precisión a blogueros apresurados (pleonasmo): basta ya de endosarle solo a Quirke el adjetivo "alcohólico" como punto de definición. ¿No ven acaso lo que beben y beben los irlandeses en estas novelas de Black/Banville y su retorcida relación con la botella?

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