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Faro de Vigo

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Carmen Martínez-Fortún

Los peligros del Maligno

Ejemplos de moralina ramplona

Una soporta mal a los que van de lo que no son. Y a los que abusan de la moralina y del sermoneo, cuando se les supone campeones de la libertad y, por tanto, del libre pensamiento y la tolerancia. El amigo lector, como yo, recordará aquel ya lejano debate en que el aspirante a presidente Sánchez, sin venir a cuento, sin contraponer gestiones, pero siguiendo un guion muy elaborado empezó llamando a Rajoy indecente, y desde entonces reinauguró –la izquierda siempre lo tuvo como principio fundacional y como estrategia, pero los escándalos de su reciente historia la obligaban a mantenerse en sordina– el ataque al adversario en virtud de su superioridad moral. Ahora alardean machaconamente sin pudor de esa superioridad moral, como si los ERE no hubieran existido, ni todo lo demás, e incluso defienden a los condenados, por una especie de bula que les ampara y por la que el fin o la buena intención, si es socialista, justifica los medios y los delitos.

En estos días se multiplican los ejemplos de esa moralina ramplona y esa ansia viva e histérica de decirle a todo el mundo lo que tiene que hacer. Así, Díaz, que ni ministra de Consumo es, va de interlocutora guay mientras se despepita a diario mandándonos a nosotros –que no le hemos preguntado– dónde tenemos que comprar y a las grandes superficies que bajen los precios aunque nosotros no vamos a comprarles. Así, Echenique opina que Juan Carlos no tiene que ir al funeral de los funerales, porque es un delincuente, tal cual. El Gobierno, en cara de su portavoz, arruga la naricilla como si el emérito apestara y hasta se comenta que Sánchez está sopesando no acudir por no mezclar su augusta figura con la del denostado rey, que para nada es presunto y al que toda la ingente masa de progresistas inquisidores y fanáticos condenan porque sí. Y así, Iceta, ese otrora bailarín alegre que, con todo derecho, lleva la vida sexual que le place, sermonea ahora sobre Picasso, advirtiéndonos sobre lo depravado que era el genio.

¡Qué hartura de santurrones advirtiendo de los peligros del Maligno!

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