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Faro de Vigo

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Isabel Olmos

Izan en el país de los ciegos

Cada vez que un gobierno progresista insiste en crear o ampliar horas de docencia en ética, convivencia democrática, valores y respeto en sociedad, hay gente que se ríe o altera. ‘No sirven’, dicen, ‘son marías’. A Izan y a sus acosadores les hubiera servido

Una amiga mía profesora me contó una vez que cuando iba a empezar el curso en un centro privado, la jefa de estudios le dijo: “Mira, entre los alumnos tienes una chica que sufre epilepsia, otro un trastorno de espectro autista y hay uno que tiene brotes violentos pero solo de vez en cuando. Lo que tienes cuando todo esto suceda es esto, esto y esto”. Mi amiga me lo contaba realmente asustada. Ni se sentía preparada –no lo estaba porque no había recibido ninguna formación– ni consideraba que fuera ella la persona que tuviera que responsabilizarse de situaciones tan profundamente delicadas. En cualquier caso, es lo que había.

A estas alturas de la semana ya se les habrá roto el corazón varias veces viendo el vídeo de Izan, el niño de 11 años a quien, el día de su cumpleaños, sus compañeros le acompañaron con insultos, burlas y humillaciones en vez de con el esperado “Cumpleaños feliz”. Quien no lo haya visto, en cualquier medio o red social lo puede encontrar. Pero prepárese. Lo que se ve en él es de lo peorcito de la condición humana, que ya de por si tiene muchas cosas deleznables.

Lo que se ve en él es un grupo de menores (futuros adultos, ojo) que no tienen ningún reparo en reírse, acorralar y hacer llorar a uno de los suyos en uno de los principales días del año para él. A ver, es obvio que quien hostiga y acosa a alguien ese día con toda libertad y sin miedo, es porque lleva haciéndolo todo el curso sin ningún tipo de limitación, castigo, reprimenda o expediente por parte de autoridad alguna. Porque tu me dirás, alguien que se salta las barreras del respeto y la decencia de ese modo es porque, o bien en su casa no lo saben y solo lo hace en la escuela para ser tribu, o en su casa sí lo saben porque se tratan así. En cualquier caso, o mejor dicho en ambos casos, hay un problema. No es una cosa de niños.

"Seas gordo, gitano, negro, mujer, moro, cojo, ciego, tímido, autista.... Da igual. No existe motivo alguno, absolutamente ninguno"

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En primer lugar, que en el centro escolar sucedan estas cosas y no haya mecanismo alguno que detecte que una violencia de tal magnitud ocurre entre sus cuatro paredes es muy grave. Muy ciego hay que estar para que, en estos tiempos que corren con tantísima información, una agresión así suceda ante tus morros y ni te percates. Es grave. Pero quizás hay gente que lo ve y prefiere hacerse hace la ciega. Quizás en los centros escolares sí saben que esto sucede constantemente pero es un ‘marrón’ importante para los docentes y la dirección, a menudo desamparada y olvidada por la gestión política. Que se apañe el centro. De hecho, y esto es real, un maestro al que conozco expuso en el claustro un caso de acoso y la respuesta que recibió es que sí, que conocían que a ese chico lo asediaban alumnos gentuza desde hacía tiempo pero que lo habían transmitido al departamento de Educación. Y ahí quedo todo. Silencio. Pasividad. Y el chaval acabó dejando el centro. Nunca más se supo del expediente.

En el otro caso, puede ser que los padres de estos futuros adultos sin valores sí sepan que sus hijos son así porque son su propio reflejo: maleducados, faltones, irrespetuosos, abusones, egocéntricos..... Hay tantos calificativos. Al débil, se le machaca, ciego ante las desgarradores consecuencias que esto provoca. Seas gordo, gitano, negro, mujer, moro, cojo, ciego, tímido, autista.... Da igual. No existe motivo alguno, absolutamente ninguno, pero ellos encontrarán uno con facilidad para hacerte la vida una auténtica pesadilla. Incluso hasta te pueden quitar las ganas de vivir, que es lo más bonito que puede tener un niño, comerse la vida a mordiscos llenos de ilusión. O simplemente puede ser padres que, ciegos o haciéndose los ciegos, pasen la pelota a la escuela.

Lo mejor de todo esto, irónicamente hablando, es que luego, cada vez que un gobierno progresista insiste en crear o ampliar horas de docencia en ética, convivencia democrática, valores y respeto en sociedad, hay gente que se ríe o altera. ‘No sirven’, dicen, ‘son marías’. ‘A mí no me tienen que enseñar nada’. Señores, señoras, en su casa han criado a un torturador en potencia. Aunque ustedes estén ciegos, háganselo mirar. Por todos y, sobre todo, por Izan.

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