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Faro de Vigo

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Ceferino de Blas.

Dos ciudades: la visible y la oculta

Los descubrimientos en las obras subterráneas de la Puerta del Sol revelan la existencia de dos Vigos: el que conoce todo el mundo en superficie y el que permanece oculto bajo la capa terrestre.

Pese a los que aún opinan que la ciudad carece de historia, o que comenzó con las trovas de Martin Codax, día a día se demuestra que es un infundio y efecto de la ignorancia de quienes lo dicen.

Desde que se ha recuperado la villa romana de Toralla y se conoce el gran yacimiento del Castro, aunque en parte siga oculto, porque según Rodríguez Elías, cuando en 1928 se empezó a arbolar y afloraron los restos de un importante poblado romano, no se dejó actuar al sabio alemán Obermaier, que vino a Vigo ex profeso para investigarlo. Pero sobre todo desde que en los años cincuenta, Álvarez Blázquez encontró en la calle Hospital las fantásticas estelas que constituyen el elemento más valioso del museo arqueológico de Castrelos, sin contar las salinas, tumbas y otros elementos, es evidente que Vigo fue una importante población romana por su fuerza industrial y comercial, gracias a su entidad marítima.

Aunque el intervalo entre la desaparición de aquel “vicus spacorum” y la época moderna, un lapso ciertamente amplio, ya que el primer alcalde conocido es Nuño Vázquez, en 1514, puede inducir a errores, si se olvida el pasado romano. Puede llevar a pensar que las murallas, construidas en el siglo XVII –hacia 1656–, conforman el gran conjunto patrimonial de la ciudad.

Hasta el punto de que ha vuelto a plantearse el debate de porqué decidieron derribarlas los vigueses en los años sesenta del siglo XIX.

(El 1 de junio de 1861, el FARO daba esta noticia: “Tenemos conocimiento del proyecto de derribo de las murallas del Salgueiral o Puerta del Sol”.)

Lo hicieron porque las murallas cerraban la población, no apartaban nada en el aspecto defensivo ni en el urbanístico y limitaban lo que querían ser, una ciudad “mercantil, agrícola e industrial”, progresiva y desarrolla. Por eso acometieron su derribo, demoliéndolas y sepultándolas. De ahí que aparezcan esos trozos de muralla, que forman parte de la historia de Vigo, pero de una dimensión limitada, ya que sólo duraron dos siglos. Es decir, representan un fragmento de la historia de la ciudad.

Aunque a algunos les resulte escandaloso, cuando se decidió el derribo de las murallas se empleó la expresión de “vetustos e inútiles muros”.

A este Vigo pétreo, que conforma su urbanismo, deben sumarse otros aspectos de su historia, por ejemplo, el más efímero de los tránsitos marítimos, de cuando el puerto era el gran Barajas transoceánico, a partir del lazareto de San Simón que lo convirtió en internacional, imprescindible para los viajes de personalidades. Es sabido que pasaron por Vigo el pirata Drake, Julio Verne, Mata Hari o Marconi, pero apenas se recuerda al Maharajah de Kapurtala, el monarca más rico del mundo, en tránsito a Buenos Aires, invitado por el presidente argentino Marcelo Alvear, que también estuvo en Vigo y fue agasajado como el mandatario más importante de Sudamérica, el barón de Rostchild con su inmenso yate, León Trotski, que llegó huyendo y estuvo en una cárcel viguesa, el general Porfirio Díaz, el más longevo presidente de México, cantado en los mariachis, Búffalo Bill, que recaló en uno de los dos tránsitos que le trajo a actuar en Europa, como investigó Manuel de la Fuente, o el cantante Maurice Chevalier. La presencia de estos, e innumerables pasajeros ilustres, también forma parte de la ciudad oculta que debe ser sacada a la luz para visualizarla.

De ahí que la iniciativa de instalar placas explicativas de la historia de Vigo en sus diversas vertientes resulte no solo plausible sino muy apropiada para que los vigueses experimenten el orgullo de su ciudad y los forasteros conozcan más a fondo el lugar al que llegan y encierra más historia de la que se imaginaban e incluso de la que encuentran y cuentan las guías en las que se informan.

Las placas que existen junto a los edificios y lugares turísticos son muy agradecidas. Puede transitarse a diario por delante de un edificio y no fijarse en él, pero un día se aprecia un detalle, una estatua, un relieve o el efecto del sol que lo ilumina y resalta su atractivo que se hace lo que nunca se hizo: leer la placa y conocer quien lo construyó, cuándo y los elementos lo caracterizan.

Las placas son una escuela al aire libre de la ciudad al alcance de todos. Por eso resulta imprescindible seguir instalándolas y brindar los conocimientos que encierran las dos ciudades, la visible y la oculta a toda la ciudadanía. Porque Vigo contiene una historia para sentirse orgullosos, y hay que facilitar su conocimiento.

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