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Faro de Vigo

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Isabel Olmos

Neutrales a la fuerza

Una vez conocí a una familia que no celebraba nada. No celebraban cumpleaños, bautizos ni comuniones y lo que celebraban lo hacían con una contención abrumadora, casi como en secreto, intentando pasar desapercibidos. Nada que ver en absoluto con las escandalosas risas, alborozo y música de todos los lugares que acompañaban siempre a las fiestas de mi infancia. Lo suyo, lo de esta familia, era más como una reunión social de un club de lectura con cóctel de pie, un encuentro de perfil bajo en voz también baja porque querían dar la sensación, me explicaron algunos de sus miembros, de que lo importante era que nadie (allá arriba o aquí abajo) se percatara de que había una fiesta. De que eran felices. Para que no se lo arrebataran.

Entonces, conmocionada, supe la historia entera. La Guerra Civil había destrozado completamente a esta familia. Tanto la madre, como la abuela y cinco de sus seis hijos habían fallecido a lo largo de los tres años de infierno bajo las bombas pero también por enfermedades y hambre, después. Solo quedaba el triste padre, que ya era el padre de nada pues nada quedaba, y un hijo del que no se sabía nada desde febrero de 1939, poco antes del fin. El padre sin nada había sido acogido por una de sus hermanas como quien recoge un mueble de la calle, ya que por no quedarle no le quedaba ni la fuerza para quitarse la vida.

La cuestión es que los años fueron pasando y a principios de los 50 su sobrina anunció que se casaba. Era la primera fiesta tras más de dos lustros de luto y lágrimas, y los supervivientes se armaron de valor y organizaron una digna celebración a la altura del hecho de haber vencido a la muerte, que no es poco. Ellos habían ganado pese a ser perdedores y por fin se merecían un mantel blanco con centros florales, un organillo que no parara jamás de sonar y una paella para treinta con todo, carne y verdura.

Corrió el vino, se despertaron algunas anécdotas divertidas hasta entonces sepultadas bajo un manto de dolor, se fumó y se disfrutó. Estaban en una prolongada sobremesa cuando unos gritos les alertaron de que algo sucedía en la calle. ‘¡Tío, tío, venga! ¡El Antonio!, ¡su hijo! ¡Su hijo, ha vuelto, está aquí! ¡Corra! Once años llevaba su hijo Antonio enterrado en cualquier campo de España o del extranjero cuando le vio aparecer, envejecido, por el marco de la puerta que daba al patio. ‘Padre...’, solo acertó a susurrar Antonio, esperando compartir con el anciano muchas más palabras en el futuro. Esa solo era la primera. Pero no fue así. La emoción de volver a ver a su hijo tras 11 años fue una carga de dinamita emocional de tal magnitud que el padre falleció en ese instante, víctima de un ataque fulminante al corazón. Un corazón desentrenado desde hacía tiempo a recibir buenas noticias.

La hasta entonces fiesta se convirtió en un funeral inesperado y empezó a correr la voz de que a esta familia le perseguía la desgracia de tal modo que hasta en las celebraciones les resucitaban los muertos para recordarles que la felicidad estaba en manos de los difuntos y no en la de los vivos. Con neutralidad, sin salirse de los grises, viven todavía los descendientes de la esta familia, desconfiando de un exceso de alegría, de disfrute o gozo, no sea que se pare el corazón.

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