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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

Los parapetos

Parece poco discutible, aunque opinable, el punto de vista que mantienen algunos sectores de la izquierda en el sentido de que, si no el peor, la socialdemocracia gallega atraviesa uno de sus malos momentos más agudos. Y no solo, que también, por los últimos resultados electorales, sino porque existe un riesgo real de aparición de guerrillas internas que, a medio plazo, podrían conducir a esa formación a la irrelevancia política. Algo que para nada conviene al país, ya que es un factor imprescindible, como se ha repetido hasta casi la saciedad, para el equilibrio democrático y este a su vez, vital para el sistema mismo.

Un equilibrio, y hay que insistir, que va más allá de lo coyuntural –que, en cierto modo, son unas urnas que, a veces, las carga el diablo–, sino en lo vertebral. Dicho de otro modo, que este Reino precisa de un socialismo –que no sanchismo– moderno, capaz de ofrecer alternativas viables que convenzan al paisanaje de que tras ellas no se oculta una intención diferente a la que se predica. Y desde el respeto absoluto hacia quien piense lo contrario, hasta hace muy poco y en estos últimos años, la desconfianza en los auténticos propósitos del mando federal del PSOE ha llevado a su marca gallega a una situación frágil.

Claro que, como en otras facetas, la fragilidad no se deriva solo de lo expuesto. También por la creciente y poco explicable docilidad, que algunos dirían vasallaje, de la dirección regional ahora renovada, ante decisiones políticas del Gobierno que no han sido precisamente positivas para Galicia. Y conste que no se pretende el absurdo de que el PSdeG sea oposición al PSOE: solo que recuerde más a menudo que ese “de G” tiene que ser bastante más que una denominación. Un difícil equilibrio a veces, pero siempre exigible.

En ese sentido no resulta quizá inútil urgirle a la nueva dirección el desarrollo de lo que aprobó el congreso correspondiente hace ya más de un mes. Cierto que las Navidades y la circunstancia sanitaria han pesado en la aparente inactividad, pero a día de hoy el PSdeG parece parapetado en el modelo de la guerra de 1914-1918: dos líneas de trincheras, visibles pero aún sin determinar sus guarniciones. El nuevo líder, señor González Formoso, hombre inteligente y templado, ha de hacer ver a la sociedad gallega que su acción no se limita a renovar cargos, sino ideas, programa y actitudes. Desde la –relativa– ventaja, además, de que las elecciones municipales son cosa del partido, claro, pero, sobre todo, de los alcaldes y de los alcaldables.

En el parapeto de enfrente, do mora el llamado gonzalismo, habrán de resolver pronto el dilema que consiste en optar por seguir como hasta ahora, amagando con acciones que dependen de unas bases indefinidas o aflojar la cierta altanería que supone desafiar con congresos provinciales o locales a los elegidos en el gallego. Enrocarse en esa actitud, miope ante el hecho de cómo funcionan los partidos, solo supondrá desgaste para el conjunto y, aunque no se vea el plazo, la aniquilación de los focos de rebeldía. En sentido político, por descontado, pero que en definitiva responde a lo que cada cual intenta hacia la otra parte, por más que se hable de “integración” y otras lindezas.

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