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Sosa Wagner

Benemérito y el lobo

Una historia sobre la Naturaleza bravía

Mi amigo Benemérito es un defensor de la Naturaleza bravía y por eso decidió hace tiempo tener su lobo particular. Se ha liberado de las ideas antiguas de los hermanos Grimm que vieron en el lobo un ser de malas mañas, que engañaba a una pobre niña en el bosque tenebroso y después se acostaba en la cama de la abuelita con el camisón que había comprado la buena mujer por Amazon.

–Los hermanos Grimm, dos crueles reaccionarios –se dijo Benemérito.

No le fue fácil a este buenazo llevarse a casa su lobo. Lo consiguió gracias a un anuncio en el periódico:

Vendo lobo a buen precio. Asusta lo justo y aúlla acompasado. Solo en las noches de luna llena.

Petrus es su nombre, es un lobo con pedigrí, se había presentado a elecciones en la camada y siempre había ganado aunque por medio de embustes y trapacerías.

El vendedor le aclaró:

–Este es el lobo que busca. Se alimenta de su oveja diaria que saca del aprisco por las mañanas. Eso sí, tiene que ser sonrosadita y con buenas carnes. Si la ovejita colabora, el lobo se la come sin hacerle daño, despacio y sin saltarse trámites. Pero si la ovejita se empecina en quedarse en el aprisco balando como una tontaina, entonces el lobo se encrespa y se la lleva de malas maneras tragándosela acto seguido a base de unos mordiscos que ponen los pelos de punta.

"Benemérito acudió con mansedumbre a la oficina ministerial que se llamaba Registro para la tenencia pacífica de lobos entrañables"

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Benemérito lo compró aunque por nada del mundo le iba a permitir ser fiero ni cometer esas barbaridades.

Venía ahora lo más complicado. Se había aprobado una ley que obligaba a los propietarios de animales a superar un curso de formación. Benemérito acudió con mansedumbre a la oficina ministerial que se llamaba “Registro para la tenencia pacífica de lobos entrañables”. Allí conoció a la ministra quien, entusiasta de los lobos, le tendió cariñosa la mano diciéndole:

¡Ay, qué lobo más empático y dulce!

Ante estas zalamerías, Petrus contestó comiéndose la mano derecha de la ministra y pensando –el muy zorro– que, como ella era de izquierdas, no la echaría en falta.

Ya con el documento de identidad en regla y matriculado Petrus en un máster de lobos inclusivos y transversales, Benemérito le llevaba al parque pero tuvo que volver a casa a toda velocidad cuando se comió el brazo de un jesuita aunque en su descargo hay que decir que por fuera no se notaba que fuera jesuita ni nada. En la conducta del lobo hubo pues ferocidad pero no sacrilegio.

Otro día, Petrus se abalanzó sobre un funcionario ya mayor de Muface tragándose un muslo de aquel hombre que tantos expedientes había resuelto de manera decorosa pues era amigo de las filigranas burocráticas.

Pero a Petrus lo que le pedía el cuerpo era salir a las montañas altivas y a los bosques umbríos para ver de sembrar el miedo que todo lobo digno debe inspirar y dejarse de chiquilladas blandengues.

Allá le llevó al cabo, contra su voluntad, Benemérito. Y allá se comía Petrus la oveja y al perro que la cuidaba. Además se especializó en despeñar vacas por atroces desfiladeros.

Poco después, gracias a estas hazañas, ganó Petrus la carlanca de oro convocada por el “Ministerio para la transición animal y el ecologismo ardiente”. Benemérito sufre pero Petrus es feliz. Y de eso se trata.

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