Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Espero que al comité del parlamento noruego no se le ocurra conceder el premio Nobel de la paz a los talibán bajo el pretexto de que han terminado con la guerra que comenzó hace dos décadas tras el disparate aquél de la invasión de Afganistán ordenado por el entonces presidente Bush hijo. Quienes se merecen ese premio y el Nobel al heroísmo, si hubiese uno, son las mujeres afganas que salen a manifestarse estos días en Kabul contra la barbarie que vuelve al poder pocos días después de que hombres armados hasta los dientes, los mismos que les prometieron defenderlas, emprendieran una de las huidas más vergonzantes que recuerda la Historia.

Quienes se merecen el Nobel al heroísmo, si hubiese uno, son las mujeres afganas que salen a manifestarse estos días en Kabul

decoration

No es verdad que la peor paz sea preferible a la guerra mejor. Hay paces que equivalen a rendiciones cobardes, como la de Chamberlain en los albores de la II Guerra Mundial que iba a contener los delirios de Hitler. Hay guerras que, sobre inevitables, son necesarias para mantener un atisbo de dignidad vivo, como la que Churchill declaró al nazismo prometiéndole al pueblo británico sólo sangre, sudor y fuego. Esa misma tragedia cae hoy sobre la mitad femenina de la población afgana, con los talibán formando gobierno mientras difunden por las redes sociales que han cambiado. Las mujeres manifestantes nos advierten acerca de la estupidez y la locura que supone creerles. Durante su primer dominio, cuando los talibán proclamaron en 1996, tras la toma de Kabul, el Emirato Islámico en el país, impusieron la versión más extrema de la sharia, la ley islámica. Dejando de lado ministerios inútiles, como los de Hacienda o Asuntos Exteriores, el que dictaba leyes y velaba por su cumplimiento fue el Ministerio de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, más conocido como policía religiosa, cuyos decretos ordenaban la vida bajo el régimen talibán. Dejemos de lado minucias como la obligación de dejarse la barba poblada o la de anular cualquier diversión, impidiendo la cría de palomas y el vuelo de cometas; para divertirse se podía, eso sí, contemplar las flores. La policía militar dictó el decreto que prohibía a las mujeres salir de sus casas y si, por necesidad, lo hacían, debían cubrirse todo el cuerpo con el velo islámico. A título de anécdota, el burka iraní –de origen chiita– quedaba prohibido. Se vetó la educación de las mujeres e incluso que acudiesen a los hospitales, salvo bajo condiciones casi imposibles de cumplir

¿Han anulado los talibán esos decretos de la policía militar tras la segunda toma de Kabul? ¿Han publicado otros diferentes? No pueden hacer concesiones, como ha asegurado Abul Aziz, el mulá de la Mezquita Roja de Islamabad (Pakistán) que ha formado a decenas de miles de talibán, porque competidores como Estado Islámico-Khorasan están al acecho. Las mujeres afganas lo saben, saben a lo que se exponen gritando y sólo nos piden que, al menos, lo sepamos nosotros sin aplaudir supuestas paces infames.

Compartir el artículo

stats