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Tino Pertierra

El ritmo de la puntualidad

Andrés: “Los hechos son más elocuentes que las palabras. Así que te contaré algo que me pasó en lugar de explicarte cómo soy. Hace años me preocupaban mucho las actuaciones de los demás en relación con mi propio tiempo. Consideraba que el respeto o la falta de él era una información precisa y valiosa sobre lo que podía esperar. Llegué a comprarme un cronómetro de 124 euros para llevar la cuenta exacta de cada retraso en las citas. No incluí al médico ni al notario, para qué. Ni a mi madre, que siempre va dos horas por detrás del reloj, por algo mi padre la llamaba la Canaria. Lo anotaba todo en una diminuta libreta que me costó 24 euros y cuando alguien superaba la barrera de los cien minutos de retraso lo añadía a una lista negra, no con ánimo de venganza –sería incapaz de retrasarme aunque me lo propusiera como un objetivo prioritario–, sino para cargarme de paciencia y llevar un buen libro conmigo la siguiente vez. Una chica que me gustaba mucho batió todos los récords, y cuando me di cuenta de que era capaz de perdonarle hora y cuarto de tardanza decidí regalarle el cronómetro a mi madre.

¿Quieres saber más de mí? A estas alturas ya tengo claro que mis deseos nunca coinciden con mis obligaciones. Pero tengo claro que no me haré reproches que no pueda mantener domesticados. Pertenezco al bando de las personas a las que dan siempre la mesa que cojea en los restaurantes y que, en lugar de quejarse, dobla un pañuelo de papel y lo pone discretamente bajo la pata dañada. Huyo de los problemas y soy incapaz de exigir a los demás lo que debería ser natural en una convivencia sana y respetuosa. No me atormento, el victimismo me aburre. Y te dejo que ahí está mi madre. Le preguntaré si conserva el cronómetro”.

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