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Sosa Wagner

nistros

La lucha contra los suspensos de los titulares de Univer sidades y Educación

El ministro de Universidades es persona amable y atenta con quienes escribimos en los periódicos. Hay quien propone que se le envíe un vídeo para aprender sindéresis pero esto arruinaría su prestigio y nos privaría a los plumillas de buenas columnas.

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Hace unos días ha dicho que “suspender a un alumno es condenarle”. ¿Cómo no nos habíamos percatado antes? Porque tiene razón sobre todo si se tiene en cuenta que es una condena pronunciada sin las garantías de la ley de Enjuiciamiento. El juez se rodea de trámites, testigos, autos, recursos, vistas y cientos de folios de papel timbrado para pronunciar una sentencia contra un caco mientras que el profesor de la Facultad de Historia lo hace –sin mayores cautelas procedimentales– simplemente porque un chaval ha confundido a Cánovas del Castillo con uno de su cuenta de Twitter. Y solo por eso cae sobre él la condena que tan certeramente condena el señor ministro.

De manera que vamos a apresurarnos a suprimir los suspensos en la Universidad porque, si no es así, corremos el riesgo de ver en los campus “cuerdas de condenados” como se veía en el pasado a los desdichados que trasladaban a presidios lóbregos situados en lejanas colonias.

Para felicidad nuestra no está solo el responsable de las Universidades. Le acompaña en esta campaña contra los castigos infamantes su colega de Educación secundaria y primaria quien también ha anunciado que se pasará de curso con las ocho asignaturas suspendidas de un curso de seis. ¡Qué cabezas estas de pedagogos! Lo que hemos sufrido en el pasado con la selectividad, el COU, el PREU (que es de mi época casi medieval) y ahora, con un acuerdo entre las fuerzas empoderadas del Congreso de los Diputados, las nuevas generaciones se ven libres de estas violencias que marcaban su personalidad, siempre de forma lacerante.

Aquella terrible escena del pasado en la que los padres se enfrentaban a la directora del Instituto:

–Señores de Ojeda, lo siento pero su hija Adalberta es un zoquete y ha de repetir curso,

Historia pasada, historieta para abuelos pelmazos. Otra antigualla desaparecida gracias a los gobernantes que han encendido entre nosotros la llama votiva del Progreso.

¿Alguien creía que con estas medidas acababa la expulsión de nuestro mundo de todos los prejuicios y aberraciones urdidas por los curas y las derechas montaraces?

Ni hablar. Acabamos de inventar la supresión de las oposiciones para ocupar puestos pagados con dinero público.

–Pero si son una forma de asegurar la igualdad de oportunidades –se ha oído decir a un malvado que se dedica a crispar.

Este sí que es un paso definitivo: ¡las ojeras que les salían a los opositores! ¡los sobresaltos que padecían! Ahora solo se verán caras risueñas y sin mascarillas.

Mi amigo Absalón, que tiene un oficio tradicional porque es batihoja en la aljama de Hervás, me ha dicho en una carta irreverente:

–A ver si podemos meter a todos estos ministros en un quirófano para ser operados por un cirujano que no haya tenido que pasar la condena de examinarse de Patología Quirúrgica. Será la forma definitiva de librarnos de semejantes majaderos.

Se ve que este hombre, el batihoja, no ve más allá de sus narices ni puede perder el pelo de su odiosa y carca dehesa.

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