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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

Una Europa sin estrategia dependerá siempre de Washington

Las últimas cumbres europeas y transatlánticas han demostrado una cosa: que la UE carece de una clara estrategia, lo que la hace seguir muchas veces, aunque sea a regañadientes, lo que le marca Washington.

Lo hemos visto sobre todo en la última reunión de la OTAN, con presencia del presidente Joe Biden, en cuyo comunicado final se habló, como quería EE UU, de los nuevos “retos” que plantea China, a los que deberá responder “de modo conjunto” la Alianza.

De esa forma se decidió ampliar a Asia las competencias militares del llamado Pacto del Atlántico Norte, que no tiene, sin embargo, ningún país miembro en la región del Pacífico.

El Gobierno de Berlín estaba claramente incómodo con la fórmula acordada, por lo que logró que se añadiera al menos una frase según la cual la OTAN mantiene con Pekín “un diálogo constructivo “.

En París y Berlín, una China cada vez más crecida gracias a su poderío económico, pero todavía a enorme distancia de EE UU en el terreno militar, preocupa también, pero sólo lo debido. Hay fuerte intereses comerciales por medio.

Por otro lado, en la última reunión de líderes de la UE, Francia y Alemania lanzaron la idea de reanudar los contactos al más alto nivel con Moscú, algo que causó tanto sorpresa como irritación en Polonia y los bálticos, siempre alineados con Washington y partidarios de la máxima firmeza frente al Kremlin.

Alemania y Francia, dos grandes exportadores que tienen elecciones en fechas más o menos próximas, piensan que las tensiones políticas en nada favorecen a sus intereses y son partidarios de rebajar el tono de enfrentamiento adoptado por Washington.

Hay quien considera demasiado alarmistas las acusaciones estadounidenses sobre maniobras rusas en las regiones fronterizas con Ucrania o el estacionamiento de nuevas unidades militares en Crimea.

Sobre todo cuando la OTAN reconoce al mismo tiempo que los gastos en defensa de los países miembros, sin contar a EE UU, han aumentado en 260.000 millones de dólares desde 2014, lo que no es poco.

Los europeos pueden compartir la preocupación de EE UU por la agresividad que la superpotencia atribuye a la Rusia de Putin o a la China de Xi Jinping, pero hay otras cosas que también preocupan a este lado del Atlántico.

Por ejemplo, que la nueva Casa Blanca de Biden mantenga los aranceles al acero y el aluminio europeos que impuso Donald Trump. O el continuado bloqueo por Washington de la cada vez más necesaria reforma de la Organización Mundial del Comercio.

Como el hecho de que, a pesar de la promesa de reducir a cero para mediados de siglo las emisiones de CO2 en todo el mundo, en la última cumbre del G-7, celebrada en Cornualles, no se pusiese una fecha, por presiones de Washington, al abandono del carbón.

Tampoco aparecía en el comunicado final, a pesar del interés de los gobiernos europeos, ninguna referencia al comercio de emisiones de CO2. Al parecer EE UU lo consideraba inaceptable.

La Casa Blanca puede haber cambiado de ocupante, pero, a la vista de muchas cosas que ocurren, continúa, aunque sea con matices, la orientación en política exterior impulsada por Trump como se ve ahora también en el caso dramático de Cuba.

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