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Dezcállar azul

Tener claras las prioridades

Es importante tener claras las prioridades para no perder el tiempo dando palos de ciego y no malgastar energías cuando uno no anda sobrado. Ya Montaigne decía que no es lo mismo tener la cabeza llena que tenerla bien amueblada.

En mi opinión nuestras prioridades son hoy cuatro, tres de política doméstica y otra de política exterior: vencer al virus para evitar más muertes, recuperar la ansiada “normalidad” y relanzar la economía y el empleo; reencauzar el raca-raca catalano-catalán y su encaje constitucional con un programa de futuro capaz de ilusionar a todos; aprovechar los fondos europeos para hacer las reformas que el país necesita para mirar hacia adelante con confianza; y, en tono menor, enderezar la maltrecha relación bilateral con Marruecos.

Hay muchos más, pero estos me parecen los más importantes porque en su adecuada solución nos jugamos el presente, nuestra convivencia en paz y el futuro de nuestros hijos. Y por eso son asuntos que no es justo dejar únicamente en manos del Gobierno y de las variopintas fuerzas políticas que le sustentan, sino que también exigen la cooperación leal de los partidos de la oposición y de los ciudadanos en general. Cuando el bien común está en juego cabe exigir a los responsables políticos y a la ciudadanía que dejen de lado sus diferencias para unir fuerzas con altura de miras. No por desconfianza ni por altruismo sino por simple egoísmo inteligente.

Tras muchos titubeos iniciales, comprensibles ante un virus desconocido e inesperado, y no pocas disfuncionalidades debido a la confusa distribución de competencias entre el gobierno central y los autonómicos, el proceso de vacunación avanza a buen ritmo y ahora son los ciudadanos los que deben tener un comportamiento responsable, lo que no siempre ocurre. Y para no pegarnos un tiro en el pie, el Gobierno debe ser capaz de enfrentar a lobbies poderosos y regular la llegada de visitantes de países con peligrosas mutaciones del virus como es actualmente el Reino Unido, a cuyos turistas otros países cierran fronteras.

Enderezar el problema catalán exige reformar lo que sea posible, convivir con lo que no lo sea y tener la inteligencia de distinguir entre una cosa y otra. Darse cabezadas contra la pared no la rompe y da un fuerte dolor de cabeza. Es un asunto sobrado de pasión y ayuno de frío raciocinio que pide abandonar posiciones extremistas en beneficio de las posibles y eso exige un gran acuerdo en el que participen los partidos catalanes y los nacionales, incluida la oposición que un día gobernará. Porque solo así será posible pactar algo con garantía de que mañana se cumpla. Si hay algún asunto que exige generosidad, amplitud de miras y sentido de Estado, es este. Seguir con el bloqueo es malo para todos.

La distribución inteligente del dinero que llega de Europa con el Plan Next Generation nos permitirá sentar las bases de un desarrollo futuro digital, verde, sostenible y todo lo que uno quiera. Y esto tampoco lo puede hacer el gobierno por sí y ante sí sino que debe escuchar a los partidos, a las Comunidades Autónomas y a la sociedad civil para lograr un proyecto verdaderamente compartido. Es muy importante aprender a construir con los demás y no contra o al margen de ellos aunque eso implique ceder para luego ganar.

Y finalmente está la relación con Marruecos, que exige una política de Estado y no que el Gobierno diga una cosa, el socio de la coalición diga otra, y la oposición trate de sacar tajada. Eso no es de país serio. Marruecos ha sentido que el momento era favorable para forzar nuestra postura sobre el Sahara, no ha calculado bien, se ha equivocado y le ha salido mal. Y ahora unos marroquíes están enfadados, otros humillados y muchos preocupados. Son ellos los que han inflado el soufflé y ahora tendrán que deshincharlo, pero sería inteligente ayudarles discretamente porque también nos interesa normalizar la relación con un vecino con el que compartimos muchos intereses políticos, económicos y de seguridad.

El problema es que todo esto exige remar juntos, generosidad y sentido de Estado. Ya lo hicimos y lo llamamos Transición. Si a mí ahora me llaman ustedes iluso, me lo merezco.

*Embajador de España

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