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Julio Picatoste

El barítono, la soprano y yo

Mi padre tuvo el acierto de ponerme un profesor particular para recibir clases de inglés antes de empezar los estudios del bachillerato. Supo ver que esa era o sería, andando el tiempo, la lengua del futuro, la lengua de la ciencia y de la técnica. De ese modo pasé a formar parte de un grupo minoritario, dado que entonces lo común era que los estudiantes optasen por el francés. Debía haber una razón sociológica –que ignoro– para esa preferencia. La verdad es que me encontraba a gusto formando parte de aquella minoría. Quien sabe, a lo mejor mi tierno cerebro intuía vagamente, de forma inconsciente, lo que años después leería en Ortega y Gasset: siempre que veas a dos grupos en pugna, uno numeroso y otro minoritario, piensa que muy probablemente la razón esté del lado del segundo. Y algo de cierto tenía esa aseveración. La verdad y la razón no suelen frutecer al calor de la muchedumbre, ni son cultivo propio de las masas, ni de genética gregaria. Excepciones hay, claro.

Para animar el aprendizaje del idioma, mi padre me compró unos discos editados por la BBC con canciones tradicionales inglesas –algunas típicamente irlandesas– que reproducía en un –entonces moderno– pick-up Philips, adquirido para la ocasión. Todas aquellas canciones eran interpretadas por un barítono y una soprano de voces cautivadoras, sobre todo la de la segunda que me parecía de una dulzura seductora. Allí estaban Molly Malone, Old King Cole, Billy Boy, Greensleeves, Shenandoah, The morning dew… Aquella intuición didáctica de mi padre la vería aplicada muchos años después, aunque con preferencias musicales muy distintas, en el colegio de mis hijos donde ayudaban al aprendizaje del inglés con canciones de los Beatles.

Oía aquellas viejas canciones docenas de veces, y como disponía de las letras terminaba por aprendérmelas. Aún hoy las recuerdo y puedo cantarlas, si no enteras, al menos en buena parte. Hace unos años, en un encuentro familiar al que asistía un profesor irlandés, cantamos ambos, en improvisado dúo, un sentido Molly Malone, lo que fue muy celebrado por todos los concurrentes. De aquel grupo familiar, era yo el único que sabía la legendaria canción irlandesa. Sin duda, hay que reconocer que el “éxito social” de aquel dueto se lo debo a mi padre.

El barítono del que hablo se llamaba Stanley Riley, y Brenda Cleather, la soprano. De tanto oírlas, sus voces se hicieron entrañables para mí y empezaba a preguntarme qué aspecto tendrían sus dueños. Mi curiosidad era mayor en el caso de Brenda, porque imaginaba que aquella voz tenía que corresponder a un rostro de especial dulcedumbre.

Nunca pude saber si Brenda era rubia o morena, joven o madura, gorda o delgada, de ojos claros u oscuros.

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No había otra forma de satisfacer mi curiosidad que escribirles solicitándoles una fotografía. Y así lo hice en una carta escrita en inglés con la necesaria ayuda de mi profesor que pulía la tosquedad de mi párvula redacción. Y la envié a la BBC. Contra todo pronóstico, recibo contestación afectuosa y atentísima de Mr. Riley. Sin duda debió quedar muy sorprendido al ver que tenía un admirador español de nueve o diez años de edad que se había decidido a escribirle solicitándole una fotografía. La que me enviaba formaba parte de un tríptico publicitario que anunciaba una actuación suya. La verdad es que su imagen me sorprendió; no solo era diferente de lo que yo había imaginado, sino que no me parecía que se correspondiese en modo alguno con su voz. Tenía una calvicie despejada, limpia, un rostro delgado y unos labios finos que insinuaban una sonrisa entre pícara y simpática.

El tono de la carta era cordial y cariñoso. Contaba que hacía algún tiempo no veía a Brenda, pero que le trasladaba mi carta. Yo estaba convencido de que si él me había contestado también ella lo haría; podría pensarse que por su condición femenina sería más sensible a los halagos de un niño que desde tan lejos, desde un rincón del extremo más occidental de Europa, la escuchaba y se interesaba por ella. Me equivoqué. No obtuve respuesta. Y me quedé sin conocer cómo era el rostro de aquella mujer de voz delicada, cuyos agudos se llenaban de gracia y dulzura. Nunca pude saber si Brenda era rubia o morena, joven o madura, gorda o delgada, de ojos claros u oscuros. Supongo – no lo recuerdo ya- que en algún momento me debió contrariar su indiferencia. ¡Ay, Brenda, Brenda, por qué me abandonaste!

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