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La presencia del historiador Ramón Villares en las páginas de este periódico y en la tribuna del Club Faro, ha dejado una estela de consideraciones –de pecios, diría Sánchez Ferlosio– a la que no es posible sustraerse. El catedrático de Terra Chá ha construido a lo largo de su sólida y prestigiosa carrera investigadora un relato de Galicia desde el prisma de un galleguismo culturalista, en la tradición de la Xeración Nós y, más próximas en el tiempo, las huellas de Piñeiro, García Sabell o nuestro cercano Fernández del Riego. Un galleguismo sin aristas elaborado alrededor de la idea de Galicia como nación cultural, con el idioma en función aglutinante de una identidad propia, pero ineficaz a la hora de proyectarse en una expresión política potente y diferenciada.

La observación de Villares de que el “PP es el partido que más se parece a la sociedad gallega” es una fórmula que ya los socialistas de Zapatero hicieron suya para el conjunto de España o la antigua Convergencia de Pujol en Cataluña, con el posterior baño de realidad en las urnas de todos conocido. La voluntad popular es cambiante y hasta frívola, pero la ciencia debiera ser capaz de explicar y hacernos entender el sentido práctico con que procedemos los electores en unas consultas y otras en función del marco local, autonómico o estatal de que se trate y el conjunto de intereses diversos, a veces mínimos, que aparejan.

Su palabra ha resonado alta y clara en un país acostumbrado a los silencios y los sobreentendidos

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Son ya varias las generaciones, entre ellas la del propio Villares –o la mía–, que en Galicia han caído en la pura frustración por anteponer ideologías y valores importados insertos en aquellas, a las prácticas aunque modestas aspiraciones mayoritarias de nuestros vecinos en el contrato social que se sella en las urnas cada cuatro años. En este punto el historiador debiera dar un paso más y quizá reconocer que la viabilidad de la nación cultural, incluso de su buena salud, parece bastarse con el entramado institucional de la Autonomía que a tantos aún parece levantar sospechas de insuficiencia o legitimidad.

La referencia de Villares a una “sociedad –la gallega– con cierta carencia de dignidad colectiva” parece señalar una íntima incomodidad al interpretar una realidad que no se deja encasillar en un molde predeterminado. Con todo, su palabra ha resonado alta y clara en un país acostumbrado a los silencios y los sobreentendidos, un auténtico galimatías incluso para nuestros mejores expertos, de la política y la Historia.

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