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No debería ridiculizar a los nacionalistas por ponerse sensibleros al cantar los himnos y ondear las banderas. Al fin y al cabo hay un himno que me encanta; lástima que sea La marsellesa, canción patriótica del último país al que España le ganó una guerra. Supongo que de haber vivido a principios del siglo XIX me habrían puesto ante el paredón por afrancesado.

Se supone que el Allons enfants de la patrie me debería emocionar si hubiese nacido el París pero no, nací en Madrid –allí donde estaba mi madre en ese momento, que es el único mérito que cabe alegar por haber nacido en cualquier sitio– y me licencié y doctoré en Barcelona. Pero ni siquiera sé cuál es el himno madrileño o el barcelonés, salvo que hablemos de los del fútbol y eso, aunque es nacionalismo puro, de momento no cuenta.

Con las banderas me sucede lo mismo. Me gustan las que combinan los colores azul, blanco y rojo –Francia, Gran Bretaña, Holanda, Estados Unidos...– pero solo porque encuentro que combinan bien; tan bien que las primeras velas de balón de los cruceros –los spinnakers– lucían esos mismos colores. El resto es tirando a un horror aunque hay una bandera en especial, la del nacionalismo por excelencia que han vivido los tiempos, que me da repelús. Se trata de la esvástica, por supuesto.

Hay una bandera en especial, la del nacionalismo por excelencia que han vivido los tiempos, que me da repelús. Se trata de la esvástica

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En semejantes condiciones, me alegro muchísimo de que un nacionalista convencido como es el presidente Putin, traidor por doble causa al internacionalismo que predicaba la izquierda cuando aún era la izquierda, haya decidido poner como himno de Rusia para los Juegos Olímpicos el Concierto número 1 para piano y orquesta de Tchaikovski, una de las piezas más memorables de la música sinfónica. Lo ha hecho a la fuerza, obligado por la prohibición del himno oficial ruso en las olimpiadas por razones que ignoro, pero lo ha hecho. Cuando lo escuche, me sentiré moscovita.

Si las naciones eligiesen piezas de su acervo musical como himno y cuadros de algún pintor de mérito como bandera, me haría nacionalista. Siempre y cuando ni la música ni la pintura tuviesen que obedecer a criterios nacionales. Así, a mí me gustaría que el himno de mi país, o de cualquier país, fuese el Canon de Pachelbel, por poner un ejemplo, y la bandera El grito de Munch. O en plan más lujurioso algún cuerpo desnudo de Modigliani, que responde mejor a los cánones actuales que los de Rubens.

Pero a la que le dejen, Putin volverá a su himno oficial y todos y cada uno de los nacionalistas al suyo propio, cuyo mérito más encomiable es que no es de nadie más. De nadie que pertenezca a otro terruño, claro, porque si a eso vamos, y ponemos el sitio ancestral de origen como referencia indiscutible va a resultar que todos, sin excepción alguna, somos africanos. Puede que incluso de Ciudad del Cabo, si nos vamos lo bastante lejos en el tiempo.

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