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Sosa Wagner

La memoria al destierro

Es de ver la cantidad de aspavientos que el “homo tertulianus” está haciendo como consecuencia de las declaraciones de la ministra de Educación referidas a la memoria, esa facultad, potencia del alma o lo que sea que tan útil resulta para olvidar.

¿Qué nos ha dicho esta esforzada servidora del bien común? Pues que la memoria debe ser desterrada. ¿Para que los ciudadanos nos olvidemos de su yo ministerial y de su circunstancia, como han sostenido algunos deslenguados y malintencionados? No, en absoluto, para no perturbar la asimilación de las habilidades que son el meollo del nuevo horizonte educativo. Si –como sostiene la prócer– los conocimientos no sirven para nada, desplazados como han sido ¡por fin! por las habilidades ¿para qué necesitamos la memoria?

Esta antigualla, que solo defienden personas chapadas a la antigua y botarates no inclusivos ni empoderados, servía en la oscura antigüedad para saber que Felipe II fue un rey del siglo XVI o que Ortega y Gasset fue un señor, no dos usuarios de Instagram. Pero hoy, cuando lo que debemos hacer es borrar precisamente de la memoria a los reyes porque no fueron votados en elecciones primarias ni han estado afiliados a los sindicatos de clase, todo recuerdo de un personaje como Felipe II, vestido de negro cuervo y beaturrón él, no hace sino ocupar un espacio para albergar en la cabeza lo que de verdad importa. Y lo mismo ocurre con Ortega y Gasset, un ignorante que no tuvo ni idea de lo que es la resiliencia, el feminismo sostenible ni el ecologismo empático. ¡Al desván y sin contemplaciones con estos fantasmas de un pasado reaccionario!

¿Qué hacemos con la memoria histórica? ¿No podría ser que se han olvidado la memoria histórica precisamente por haber suprimido la memoria?”

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Lo moderno, lo que define el progresismo de Netflix y de facebuque, es la habilidad. Para saber qué es o quién es esta señora nada mejor que acudir al Diccionario de la RAE: “gracia y destreza en ejecutar algo que sirve de adorno a la persona como bailar o montar a caballo”. ¡Acabáramos! De lo que se trata es de dedicar a los jóvenes / as a estas vistosas destrezas que mantienen el cuerpo flexible y la cabeza aireada. Fuera la carcoma de la tabla de multiplicar y de las enseñanzas de Platón. Bailar, no con la ministra por supuesto, y montar un caballo de capa alazana.

Claro que hay otra acepción de “habilidad” en el DRAE: “Enredo dispuesto con ingenio, disimulo y maña”. ¿Con cuál nos quedamos? Porque realmente enredos, disimulos y mañas no nos faltan, la misma ministra no anda lejos de algún maestro en estas habilidades.

¡Todos al baile y a los caballos y, en el recreo, a los enredos!

–¿Y qué hacemos con la memoria histórica?, ha preguntado un aguafiestas.

Me he visto obligado a contestar de forma airada:

–No hay ninguna contradicción, zascandil. La memoria histórica es una forma de bailar, de bailar con la verdad.

Le oí musitar:

–¿Y no podría ser que se han olvidado la memoria histórica precisamente por haber suprimido la memoria?

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