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Matías Vallés.

Dinero de Monopoly

Los mandamientos esenciales del capitalismo establecen que “1. Amarás al Dinero por sobre todas las cosas” y “2. No tomarás el nombre del Dinero en vano”. Ambos se han vulnerado salvajemente con la pandemia, en especial el segundo que desactiva al primero. Solo el Dinero goza de libertad de expresión. Si es una broma, la sociedad se derrumba. La desacralización del precio de las cosas es una de las secuelas indeseables y de efectos más letales del coronavirus. Los billetes se manejan hoy con la despreocupación de los fajos del Monopoly. En cuanto se agotan, se agarra otro montón porque el juego debe continuar.

Gastar siempre fue más divertido que ahorrar, pero ya no se lapida al dilapidador ni se agarra a la cigarra. La nueva moral del derroche explica que las instituciones más rijosamente austeras del planeta se comporten como los atracadores de La Casa de Papel, imprimiendo billetes a velocidad de vértigo mientras despistan con la otra mano a la audiencia simulando el mayor espectáculo del mundo, que siempre es el final. No han respetado a su venerado Keynes, puesto que presumen desafiantes de que el gasto se efectúa sin expectativas de recuperación. Ni un economista se creería que la devolución es posible.

"Gastar siempre fue más divertido que ahorrar, pero ya no se lapida al dilapidador ni se agarra a la cigarra"

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La idea de que el Dinero llegará de todas formas corroe al capitalismo con más eficacia que un Lenin desatado. Los gobiernos se presentan como patriarcas magnánimos, capaces de subvenir a todas las necesidades del populacho. Un entorno de inflación residual amortigua el daño, pero no puede atizarse la hoguera sin arriesgarse a que arda la ciudad entera. Si enloquecen los precios, habrá culminado el vaciado de los ahorros de las clases medias en favor de los poderosos, que reclaman una cuota del dinero regalado proporcional a su fortuna previa y sin esfuerzo alguno. Por primera vez, el mundo no tiene ningún valor. Antes a eso lo llamaban nihilismo.

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