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Luis M. Alonso.

El tiempo comprimido

El tiempo comprimido

Al contrario de lo que sucede en el género negro, la novela o el cine, la carga pretérita se ha vuelto más ligera desde la pandemia. Incluso se vive de manera placentera en el recuerdo. Las cosas parecen más justas cuando miramos hacia atrás, y es en esa torre inaccesible del pasado donde se asoma la nostalgia para hacernos señas, escribió James Russell Lowell, aquel diplomático y poeta romántico del siglo XIX.

El virus sigue entre nosotros un año después cobrándose vidas y haciendas, nadie es capaz ya de predecir durante cuánto tiempo más, ni los políticos falaces que lanzaron las campanas al vuelo de forma irresponsable y desconsiderada para anunciar su derrota. Ni aquellos, peor todavía, que se abrazan al negacionismo y contagian con su estupidez populista. La pandemia ha tenido, además, la cruel facultad de comprimir el tiempo. El pasado es ahora anteayer: el reloj que marca la vieja normalidad perdida. Es, por ejemplo, Chick Corea, el último músico de jazz que escuché en directo en un estupendo concierto en el teatro Campoamor del que pronto se cumplirá un año. Ahora, Corea, con su muerte, ha venido a recordarme ese pasado que no lo parece por el escaso tiempo transcurrido y, sin embargo, tiene el sentido de una eternidad.

Aquel 7 de marzo de 2020, vísperas de un confinamiento que aun persiste, nadie todavía se imaginaba lo peor. Puede que ahora, con los datos más terribles, pese a todo no seamos lo suficientemente pesimistas para figurarnos lo que nos espera. El pesimismo es, en cierto modo una enfermedad del espíritu. Sean optimistas y piensen que para todo problema humano existe siempre una solución fácil, clara, plausible y equivocada. Es una verdad que podría enmarcarse en la corriente menos ilusionante del realismo nuestro de cada día.

Corea, el pianista y compositor que sabía mezclarlo todo, ha dejado un vacío irrellenable.

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