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Ceferino de Blas.

La ciudad se reconcilia con Pacewiehz

Monsieur Michel Pacewiehz, arquitecto. Es el enunciado de la esquela que publicaba el Faro, el 3 de febrero de 1921, pero era la primera vez que se exponía en público.

La esquela aportaba estos datos: Fue presidente de la Sociedad de Beneficencia, vicepresidente de la Cámara Francesa, y residía en el número 49 de la calle Urzaiz, un edificio a la vera de Lepanto que aún subsiste.

Todo el mundo empresarial y la burguesía viguesa conocía al arquitecto polaco-francés que residía en Vigo desde hacía dos décadas y había ideado las más hermosas edificaciones (véase la relación en el libro “Pacewicz arquitecto vigués”, de J.A. Martín Curty), pero la mayoría de los vigueses desconocían esta realidad, porque sobre su figura y obra había caído un manto de silencio, desde que llegó por primera vez, a finales del siglo XIX. Su caso podría presentarse como paradigmático de ocultamiento intelectual.

Nunca jamás, en la historia de la ciudad, había ocurrido algo semejante con ningún artista ni intelectual. Con el agravante de que se trataba de uno de los personajes que más aportó a la ciudad, por lo que es como es, ya que por fortuna perviven la mayoría de sus edificaciones.

Es lo que agudiza la paradoja del caso, y obliga a que se replanteen los axiomas en que se asienta la idiosincrasia de Vigo que adopta a todo forastero que se quiera integrar y aportar sus capacidades.

Porque Vigo es un inmenso receptáculo que acoge a los foráneos, y no les frena en sus iniciativas sino que los invita a acometerlas y los reconoce. Ahí está para demostrarlo la copiosa relación de alcaldes, empresarios, políticos, escritores, intelectuales, artistas que llegaron como forasteros y después de vivir en la ciudad se definen vigueses.

Sorprendentemente a Michel Pacewiehz, arquitecto, que pasó en la ciudad la parte más granada de su experiencia creativa, y se sintió vigués, no le dejaron exhibirse y hasta le ocultaron o incidieron para hacerlo invisible. Pero por suerte el ominoso silencio que cayó sobre él en vida y perduró casi un siglo, se ha roto.

Como ha ocurrido con otros personajes, cuyos méritos les fueron reconocidos cuando desaparecieron –escritores, artistas plásticos, músicos–, a Michel Pacewiehz, le está pasando. Tardó, casi un siglo, en que los vigueses empezaran a reconocerle, pero ha sonado la hora y hoy, si se les pregunta qué arquitectos han contribuido a crear el Vigo más de postal que se puede enseñar a los visitantes, dirán que Michel Pacewiehz. Y podrán señalar algunas de sus obras que engalanan las calles céntricas.

Vigo recupera la dignidad mancillada por quienes trastocaron su esencia de acogimiento, y al asumir como propia la figura de Pacewiehz demuestra que no ha perdido la capacidad de reconocer como vigueses a los forasteros que quieren serlo.

Ya acopia una monumental biografía, en dos ediciones, la segunda corregida y aumentada, se le ha organizado un ciclo de conferencias, que están siendo condensadas en un libro, pero sobre todo se habla de él como de un personaje rehabilitado.

Si los arquitectos coetáneos le pusieron inconvenientes o transigieron con su silencio al ocultamiento de Michel Pacewiehz, sus herederos, los actuales profesionales demostraron el pasado día 2, centenario de su fallecimiento, que la ciudad no puede olvidar al colega que embelleció Vigo. Su pose para recordarle, frente al Moderno, una de sus obras emblemáticas, fue la mejor señal del resarcimiento.

La magnitud de la culpa de los arquitectos y empresarios de entonces ha sido borrada por la dimensión del desagravio de los arquitectos y la sociedad de ahora. Es la reconciliación de la ciudad con su arquitecto.

Haría bien el Colegio de Arquitectos en organizar, en cuanto amaine el virus, recorridos guiados por el Vigo tan bello que diseñó Pacewiehz. Serán tantos los vigueses y forasteros que se apunten para admirar sus creaciones que apenas habrá tiempo de atenderlos en lo que resta del centenario.

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