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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Menos conspiración y más fornicación

Hay gente que tiene problemas para ligar, conseguir un empleo o montar un negocio y, en vez de esforzarse por mejorar, le echa la culpa al sistema. La democracia es culpable. El nuevo orden mundial es culpable. También lo son George Soros, Bill Gates y todos los ricos que evidentemente han hecho su fortuna gracias a la masonería y al Club Bilderberg. Y los judíos, por supuesto, que están en todas partes.

Todo esto suena tan antiguo que hasta resulta entrañable de puro vintage. La responsabilidad de lo que a uno le pase la tienen siempre los demás. No es por sus propios méritos, naturalmente; sino por su habilidad para confabularse contra el pueblo y la llamada gente de a pie, dado lo difícil que es adquirir un coche hoy en día. Los de arriba siempre se las arreglan para aplastar a los de abajo, según esta perspectiva vagamente infantil basada en Barrio Sésamo.

La idea de que el mundo está gobernado por oscuros poderes conspirativos alimentó hace ya cosa de un siglo a los fascismos en sus diversas presentaciones: la italiana, la alemana, la soviética y tantas otras. Hitler culpó a los judíos; Franco a los rusos y Mussolini a los liberales y demócratas en general, además de a los capitalistas y comunistas. Siempre hay un chivo expiatorio del que echar mano.

Todos esos movimientos patrióticos viven de las crisis y de las carencias personales que provocan en sus víctimas. Si uno pierde su trabajo, un suponer, la culpa no es de la situación financiera de su país y del mundo en general, sino de los inmigrantes que vienen a quitarle su nómina y, ya de paso, a cobrar paguitas del Estado.

Es esa pobre gente –pobre en todos los sentidos de la palabra– la que hace cuatro años elevó a la jefatura del imperio y por tanto del mundo a Donald Trump. Decenas de millones de americanos han vuelto a votarle hace apenas dos meses, por más que no fuesen número suficiente para refrendar su caótico mandato.

Poco importa que Trump gaste carácter y modales propios de un dueño de club de carretera. Bien al contrario, los que el otro día irrumpieron en el Congreso de los Estados Unidos bajo la incitación del presidente tenían toda la pinta de pertenecer a la clientela de uno de esos antros. Clientes de bajo presupuesto –o low cost, por así decirlo– que, en general, constituyen desde siempre la base de los fascismos.

El fanatismo y el permanente enfado de esta gente, así en USA como en otras partes del mundo (incluida España), ha de obedecer, tal vez, a ciertas carencias afectivas y/o amatorias. Galeno de Pérgamo, médico temprano y famoso, lo hizo notar hace ya dieciocho siglos cuando afirmó que el semen no expulsado envenena el cuerpo. Aconsejaba igualmente aquel sabio doctor que las mujeres practicasen la coyunda con la necesaria frecuencia para evitar la “sofocación uterina”.

Se conoce que los adeptos a la secta de Trump y otras similares no han tenido en cuenta este prudente aviso, a juzgar por la irritación y los sofocos que muestran en sus comparecencias públicas. Nada de esto ocurriría, probablemente, si ciertos políticos y sus seguidores se entregasen a la alegría del coito en vez de dedicarse a asaltar las sedes del Congreso o a largar, furiosos, contra la democracia y los inmigrantes.

Conviene, en fin, fornicar más y vociferar menos; siquiera sea por razones de salud. Ya lo dijo en su día Galeno, aunque ni aquí ni en USA le hagan mucho caso los intransigentes.

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