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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Sube el índice de fanáticos y pelmazos

Andan por ahí añosos generales que abogan en su retiro por fusilar a más de la mitad de los españoles y no hace mucho que alguna gente proponía guillotinar al monarca, tal que si estuviésemos aún en la época del Rey Sol. Sube en España el índice acumulado de fanáticos, aunque no sean tantos como pudiera parecer.

Un fanático es aquel que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema, según la famosa definición de Churchill. Un pesado, en definitiva.

Cualquiera que tenga la paciencia de leer lo que fluye por las alcantarillas de internet podría llegar a la exagerada conclusión de que esa clase de pelmazos brotan ahora por todas las costuras de este país. Los más exaltados de la banda de estribor se pasan el día pidiendo el derrocamiento, manu militari si fuese preciso, del Gobierno que preside Pedro Sánchez. Los de la parte extrema de babor, más comedidos, alertan día sí y día también de que el fascismo está en puertas y hay que pararlo como sea.

Aparentemente, las dos Españas de Machado vuelven a tirarse a degüello bien entrado ya el siglo XXI de este tercer milenio; pero estén tranquilos, que no pasará nada. No existe ya Machado ni mucho menos aquel país áspero, pobre y semianalfabeto que inspiró al poeta su “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios: una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

Esta no es la España de 1936, por más que una porción -en modo alguno mayoritaria- de los españoles parezcan haber llegado a esa disparatada conjetura.

El origen de los partidos extremistas que ocupan algunas decenas de escaños en el Congreso es, ciertamente, una crisis financiera como la de entonces; pero ahí acaban las similitudes. A diferencia de lo que ocurría en el primer tercio del pasado siglo, la España de hoy es una socialdemocracia avanzada que ocupa su lugar dentro del privilegiado club de las apenas veinte “democracias plenas” existentes en este desigual mundo. O eso dice, al menos, el Democracy Index que mide tales desarrollos.

La crisis económica de 2012 y la que ahora trae consigo la pandemia han favorecido, desde luego, el apoyo de millones de españoles a la extrema izquierda y a la ultraderecha. Otra cosa es que puedan pintar algo en un país desarrollado como este, que además es miembro de un club tan poco dado a admitir fascismos y comunismos como el de la Unión Europea.

Muchos electores apostaron en su día por el anacronismo ideológico de Podemos, en la creencia -un tanto pasmosa- de que los complejos problemas de la economía y de la vida podrían resolverse con un par de frases en Twitter.

Ahora que los de Iglesias llevan perdiendo fuelle electoral desde hace años, el relevo parece habérselo tomado Vox, con su populismo de garrafón y mesón de carretera. Unos y otros se molestarán, probablemente, si alguien los mete en el mismo saco; pero lo cierto es que las razones de fondo de su crecimiento y próximo declive no difieren gran cosa.

Se trata, en realidad, de una fiebre pasajera que ya ha bajado en un caso y no tardará en hacerlo en el otro. Los que sueñan con golpes de Estado -dentro de la UE, nada menos- y quienes pretenden estatalizar hasta las macetas ignoran que la Historia ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. En la segunda fase andamos ahora, con este teatrillo imposible de las dos Españas y pico.

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