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Aquella primavera que no floreció

El décimo aniversario de la revolución democrática árabe

“Las mariposas son flores que aprendieron a volar”, dicen poéticamente en Colombia. Las flores que nacieron al sur del Mediterráneo hace diez primaveras se marchitaron antes de emprender el vuelo. Y es que la “Primavera Árabe” no fructificó, fue pronto reprimida y hoy aún quedan algunas brasas de sus incendios, al menos en el extremo oriental: la guerra no se apaga en Siria.

La agonía de un vendedor ambulante tunecino, Mohamed Bouaziz, en diciembre de 2010, que se había inmolado en protesta porque la policía le había despojado de su mercancía y de su cartilla de ahorro, levantó una numerosa serie de manifestaciones que desde la capital Túnez se extendieron a las principales ciudades de las naciones árabes. Los miles de tunecinos que salían a las calles protestaban por las precarias condiciones a que estaba sometida la población y a la falta de democracia. El autoritario Zine el Abidine Ben Ali, que llevaba un cuarto de siglo en el poder, aguantó poco más de un mes y dimitió. La multiplicación de las protestas durante los meses siguientes llenó las plazas de todo el norte de África y oeste de Oriente Próximo. El año 2011 se inició con esa reacción popular que dio lugar a la llamada “Primavera Árabe”.

Desde Tunicia las reclamaciones se extendieron por Argelia, Libia, Egipto, Líbano, Siria y, en menor medida, al resto de la zona asiática y septentrional africana, incluidos Marruecos y Jordania. En algunos países las manifestaciones cobraron bastante virulencia, hicieron famosas algunas emblemáticas plazas, sacaron a la luz endémicos problemas como los abusos y violaciones sexuales a mujeres y acumularon un significativo número de muertes.

En Midan Tahrir (liberación, en lengua árabe), la plaza de la explosión de las protestas multitudinarias, se gestó el comienzo de la revolución que, viernes tras viernes, consiguió la destitución de Hosni Mubarak, tras tres décadas de represión. Pero la democracia duró poco en el país más poblado del mundo árabe. La maquinaria militar se hizo con el poder, hubo elecciones, nuevos golpes involutivos y la represión ha vuelto a la política de la fértil ribera del Nilo.

La revuelta libia destronó al excéntrico Muamar Gadafi después de 42 años dirigiendo un territorio de arena y petróleo. Igualmente, las facciones militares reprimieron a la población y hoy Libia está considerada como un caos de mafias explotadoras de refugiados y huidos de la hambruna centroafricana. Las protestas en Yemen duraron más de un año, el dictador Ali Abdullah Saleh fue destituido pero el país es ahora un campo de guerra entre facciones apoyadas por Arabia o Irán. Las plazas de estos dos últimos fueron acalladas rápidamente. En Jordania fue destituido el jefe del Gobierno, en Marruecos el rey Mohamed VI acalló las voces prometiendo algunos cambios en la constitución. En otros estados de religión musulmana hubo también revuelos menores y tan solo Emiratos Árabes Unidos y Catar se libraron de grandes manifestaciones.

El caso de Siria es punto y aparte. El gobernante Bashar al-Ásad, que había heredado la jefatura de su padre Háfez al-Ásad, reprimió violentamente las manifestaciones. Y cuando vio que el conflicto le superaba ordenó bombardear y el lanzamiento de misiles sobre las ciudades en las que dominaban los rebeldes. El llamado Ejército Libre de Siria, formado por un conglomerado de grupos y facciones, ocupó varias de las más pobladas ciudades del país y en esa guerra civil se produjeron enfrentamientos brutales. El conflicto se internacionalizó, con intervenciones más o menos directas de Rusia, Estados Unidos y algunos países de Europa y Asia. La disputa entre ambos bandos se enquistó y las sucesivas negociaciones nunca fructificaron. La guerra, cuando están a punto de cumplirse diez años de su inicio, continúa. Un viejo proverbio dice: “La paz es cuando los hombres solo tienen miedo a las serpientes”.

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