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Daniel Capó FdV

Una lectura optimista

Hace una década, el economista Tyler Cowen publicó un ensayo titulado The Great Stagnation. Su argumento era tan sencillo como poderoso: la causa principal de la decadencia que afecta a las clases medias tiene que ver más con la falta de innovación tecnológica y científica que con la globalización o el endeudamiento masivo de los Estados. Era una tesis no muy lejana a la que defiende el influyente emprendedor Peter Thiel: “Soñábamos con coches voladores y llegaron los ciento cuarenta caracteres de un tuit”. En aquel libro, Cowen pronosticaba dos décadas de bajo crecimiento a la espera de que madurase definitivamente la nueva economía. ¿Una cura definitiva para el cáncer o, al menos, su cronificación? ¿La sustitución de la energía fósil por otras renovables? ¿El uso intensivo de la inteligencia artificial en la gestión de las políticas públicas? Eran preguntas entonces y se diría que empiezan a ser hoy realidad.

En estas últimas semanas –los recogía el propio Cowen en su imprescindible blog–, se han ido sucediendo las noticias en el ámbito científico. A las vacunas contra el COVID-19 que utilizan el novedoso sistema del ARN mensajero, se suman la predicción de la estructura tridimensional de las proteínas que ha logrado DeepMind, la compañía de Google dedicada a la inteligencia artificial, y la venta de carne de pollo –en Singapur– elaborada por medio de cultivos celulares. Es probable que la enorme inversión llevada a cabo para combatir el COVID se traduzca en un gran salto que permita la consecución de vacunas más efectivas contra todo un abanico de enfermedades. ¿Qué supondrá la extensión de las redes 5G, cuya polémica con China no es precisamente apacible? ¿Cuándo será posible un coche conducido por un robot o un ordenador? La biología anuncia ya para un horizonte relativamente cercano la conversión del alcantarillado de las ciudades en centrales eléctricas a partir de las aguas fecales. Elon Musk, además del desarrollo de Tesla y SpaceX, ha impulsado un proyecto llamado Neurolink que conecta la mente humana y la máquina a través de un nanochip implantado en el cerebro. Son desarrollos que habrían parecido de ciencia ficción hace medio siglo.

Aunque la tesis de Cowen sea probablemente cierta, los avances que han tenido lugar en estos últimos treinta años son asombrosos. Cuando yo empecé a estudiar en la universidad, a principios de los años noventa, apenas nadie contaba con correo electrónico, teléfono móvil u ordenador portátil. Por supuesto, no había libros electrónicos ni enseñanza online. El acceso a revistas –y medios– internacionales resultaba difícil y, en los supermercados, la oferta de productos era mucho menor. En medicina, la utilización de tecnologías más potentes y seguras de radiación se ha hecho común, al igual que las quimioterapias personalizadas, la cirugía robótica y el uso de distintas inmunoterapias. De ahorrar en pesetas –o en lingotes de oro– hemos pasado a la posibilidad de abrir una cuenta corriente en criptomonedas. Y de contar con unos pocos canales de televisión, a ver nuestras series preferidas en plataformas online como Netflix, HBO o Filmin. ¿Qué nos aportará la aceleración tecnológica en los próximos dos decenios? ¿Cómo se traducirá en nuestras vidas? La regla de Cowen tiene sentido: el salto tecnológico supondrá un incremento enorme en la productividad y, por tanto, en la calidad de vida.

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