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Armando Álvarez

Escambullado no abisal

Armando Álvarez

Infiernos públicos

Andy Warhol, retratado por Oliveiro Toscani.

Elena Cañizares Aparicio ha dado positivo por Covid y sus tres compañeras de piso han querido echarla o que pasase el confinamiento en casa de sus padres, pese a que están delicados de salud. Un relato breve, sobre ese egoísmo que en diferentes variantes se habrá repetido miles de veces. Siempre supimos que el virus no nos limpiaría el alma. Solo nos ha encharcado los pulmones. No deberíamos desear experiencias extremas por lo mismo que yo no me saco el carné de conducir, para mantener dormido ese monstruo que anida en nuestras entrañas.

Elena Cañizares Aparicio decidió airear su historia el 22 de noviembre en Twitter. Adjuntaba el retrato de tanta miseria a través de sus discusiones de WhatsApp con Ángela Compañera, Lucía Compañera y Rocío Piso, así consignadas en su agenda. La historia ha cundido, desatando un ola de solidaridad. Elena Cañizares Aparicio, una semana después, acumula 64.800 seguidores. Ha sido entrevistada y en los telediarios han confeccionado infografías sobre su apartamento. Los cómicos han parodiado el caso a su favor. Varias empresas e instituciones le han ofrecido ayuda, además del casero. Elena Cañizares Aparicio se mudará a causa de la amarga ruptura pero entre vítores, aclamada como heroína.

Las películas concluyen aquí, con el triunfo del novato, el inadaptado, el rebelde, el perseguido. Después, “The end”, fundido a negro y una música que prolonga la felicidad. Pero la realidad nunca se contiene en 140 caracteres o dos horas de trama. Ni siquiera en cientos de páginas. La realidad existía antes de los títulos de crédito y prosigue cuando apagamos el aparato o cerramos la contracubierta del libro. Las compañeras de piso han demandado a Elena Cañizares Aparicio por difundir sus conversaciones. Y la propia Elena Cañizares Aparicio ha tenido que pedir que cese el acoso a todas las Ángelas, Lucías y Rocíos que han sido identificadas acertada o erróneamente e insultadas.

Elena Cañizares Aparicio pudo haberse enclaustrado sin más en su habitación, gestionando el desprecio de sus compañeras desde su igual desprecio. Pudo haberlas denunciado si hubiesen traspasado la legalidad. Pudo haber recabado en su círculo un apoyo más íntimo y por eso mismo más auténtico. Elena Cañizares Aparicio es dueña de su vida. Tenía derecho a gestionar su sufrimiento como mejor considerase. No sé si era consciente de todas las consecuencias. No sé si lo somos cada vez que nos enfrentamos a la pantalla, antes de pulsar el botón de publicación. “Les preocupaba tanto si podían o no hacerlo que no se pararon a pensar si debían”, afirma el personaje de Jeff Goldblum sobre la recreación de los dinosaurios en Jurassic Park. Fascinados por la libertad que las redes sociales nos ofrecen de contar y contarnos, no nos solemos parar a pensar si debemos.

Yo fui educado en el pudor y la vergüenza. Otra época, otra elección, otras consecuencias. Silenciamos muchos abusos. Barrimos bajo la alfombra muchos traumas. No lo promuevo. Al contrario. Sin embargo, siento que la turba que sale a por Ángela Compañera, Lucía Compañera y Eva Piso sigue callando cuando acosan a un vecino de pupitre o de oficina. Amparados en nuestros avatares, en cambio, juzgamos con rapidez y castigamos sin piedad lo distante. “El hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada”, nos enseñó Ned Stark. Esa es la tortura de los jueces, su propia condena, y no los años gastados en las oposiciones. Pero nosotros preferimos ignorar los dos apellidos de Ángela Compañera, Lucía Compañera y Eva Piso, cuyas familias también sangran.Las hemos categorizado como maldad sin redención. No nos importan sus explicaciones ni debilidades. Tampoco nos atreveríamos a mirarlas a los ojos porque nos veríamos reflejados en ellos. Todos hemos sido victimarios además de víctimas en algún momento. Ningún tribunal del pueblo nos juzgó. Podría sucedernos.

Ángela Compañera, Lucía Compañera y Eva Piso son responsables de sus actos. También Elena Cañizares Aparicio, que deberá afrontar la persistencia de su popularidad o más seguramente el olvido, ambos pesarosos. Las cuatro viven en un infierno público que quizá debió mantenerse en privado. Desde que Warhol proclamó que todo el mundo dispondría de sus quince minutos de fama los hemos anhelado sin percatarnos de que estaba profiriendo una maldición.

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