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Joaquín Rábago.

¿De quién son las vacunas?

Como era de esperar, no tardó el autócrata de la Casa Blanca en atribuirse falsamente el mérito de la primera vacuna de Occidente que promete ser eficaz contra el Covid-19 al tiempo que acusaba a los laboratorios fabricantes de haber retrasado su anuncio hasta después de las elecciones presidenciales para favorecer a su rival demócrata.

De Donald Trump puede esperarse cualquier cosa, como también del presidente del laboratorio norteamericano Pfizer, que vendió desvergonzadamente un 60 por ciento de sus acciones en la compañía el mismo día en que anunció los resultados de las pruebas: ¡Es el capitalismo, amigo!

Los medios estadounidenses, por supuesto, pero también la de muchos de otros países se refieren a la vacuna como la de Pfizer aunque parece claro que el mérito de su desarrollo se debe esencialmente a un pequeño laboratorio alemán llamado Biontech, con sede en la ciudad de Maguncia, y que dirige una pareja de científicos de ascendencia turca: sin duda un éxito de la inmigración.

Ese laboratorio se había especializado hasta ahora en las investigaciones sobre el cáncer y sus fundadores, Ugur Sahin y Özlem Türeci, son dos reputados oncólogos que han desarrollado a lo largo de su carrera varios tratamientos exitosos contra esa enfermedad.

La primera empresa de biotecnología que fundaron se vendió a un laboratorio farmacéutico por 422 millones de euros. Las investigaciones biotecnológicas requieren fuertes inversiones, algo que es difícil de encontrar en la vieja Europa.

De ahí que para desarrollar su vacuna contra el nuevo coronavirus recurrieran aquéllos al gigante farmacéutico estadounidense Pfizer, que colaboró en la fase tres y es el encargado de obtener la autorización de la Food and Drug Administration de EEUU para su venta en ese gran mercado, así como de negociar con la Comisión Europea.

Pfizer corre con la mitad de los gastos del desarrollo de la vacuna y, en caso de que ésa dé el resultado que los científicos y el mundo entero esperan de ella, remunerará al laboratorio alemán con 745 millones de dólares. Los analistas del mercado esperan que ambas empresas compartan en cualquier caso los beneficios de la venta de la vacuna, que podrían suponer entre 10.000 y 15.000 millones de dólares.

Es lo que suele pasar en el sector farmacéutico: un pequeño laboratorio desarrolla un nuevo fármaco o una nueva vacuna, y luego llegan los grandes del sector como Pfizer, Novartis o Roche y se asocian al mismo cuando no compran directamente la empresa para quedarse luego con los beneficios que aquellos puedan generar. Es la conocida ley del mercado según la cual el pez grande se come al chico.

En Alemania se echa de menos en cualquier caso la falta de un gran laboratorio del tamaño de los citados, algo que el fundador de Biotech quiere que cambie. Según declaró el propio Sahir al grupo de prensa alemán VRM, su idea es “construir un gran consorcio farmacéutico europeo” capaz de competir con aquéllos, lo que exigirá inversiones de las llamadas “de alto riesgo”, algo que parece sobrar en la costa oeste de EEUU, pero que se echa en falta a este lado del Atlántico.

Sin embargo, como señala el semanario alemán Der Spiegel, el Gobierno de coalición que preside Angela Merkel parece haber aprendido de esta pandemia, y así el pasado junio pagó 300 millones de euros por el 23 por ciento de otro pequeño laboratorio alemán, Curevac, que trabaja también en una vacuna, para impedir que se hiciera con él, como pretendía, el Gobierno de Donald Trump.

Conviene no olvidar en ningún caso el gran papel desempeñado por los Estados a través de las universidades e institutos públicos de investigación en la investigación científica que está en la base de muchos descubrimientos farmacéuticos que luego explotan comercialmente los laboratorios del sector privado una vez que se hacen con la patente.

Es algo muy estudiado por la economista italo-estadounidense Mariana Mazzucato, quien ha denunciado en sus libros y artículos la creciente “financiarización” del sector farmacéutico, lo que significa que muchas compañías dedican una parte creciente de sus beneficios a la recompra de sus propias acciones para aumentar su valor bursátil y el valor para sus accionistas. Los pequeños investigan y los grandes hacen luego su agosto.

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