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Francisco García.

Lo que hay que oír

Francisco García

Reguetón lector

Este gran caos pandémico genera pánico, pero también inéditas palabras y expresiones. Ya decimos "nueva normalidad" como si tal cosa, sin ponernos colorados por el oxímoron. Pero un nuevo sintagma se va imponiendo: "Ocio nocturno". Que si se prohíbe el ocio nocturno, que si se regulan sus horarios, que si todos los males de él provienen, que si así que si asao con el ocio nocturno. Veamos. La palabra ocio quiere decir cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad. También llamamos así al tiempo libre de una persona. Por último, designamos con tal sustantivo lo siguiente (y no se me rían ustedes, picarones): diversión u ocupación reposada. Nocturno es lo que se hace por o se refiere a la noche. Así que, en recto español, ocio nocturno no debería ser otra cosa que no pegar ni golpe durante la noche o entretener esas horas sosegadamente.

Sin embargo, ha pasado a entenderse por ocio nocturno el mamarse como monas en botellones o locales ad hoc, a ser posible sin mascarilla ni distancia alguna. Caramba. Entonces, ¿cómo debo llamar yo a sentarme en el sillón a medianoche, con un libro, o mirando al cielo o a la mar, y con las suites de Bach como compañía, estando ya mi casa sosegada? Yo creía que era ocio nocturno. Pero ¿se llamará reguetón lector? ¿Cogorza contemplativa? ¿Pastilleo musical? ¿Pedo viejuno?

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Elena Furiase ?nieta de Lola Flores? charla con la muy flamenca Bastiana -cocinera y madre del pintoresco y popular personaje jerezano Tomasito? para un programa de La 2. Todo muy distendido hasta que Bastiana pronuncia una sentencia de las de ponerse firme: "Hay que tener arte hasta pa las fatigas". Ole. Exacto.

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La veíamos a diario este verano de la peste. "Brel" y yo no podíamos evitar oírla durante nuestro primer paseo matinal, pues hablaba muy alto, muchísimo. Sesenta años largos. Sentada en la terraza de una cafetería. Mediano con magdalena. Un montón de revistas sobre la mesa. Pegando la hebra con cualquier parroquiano que se terciara. Fumando. Ni mascarilla, ni distancia, ni protección alguna. Indudable turista. Sentaba cátedra: "Yo no conozco a nadie más lectora que yo. A nadie, nadie. Todo el día estoy leyendo. Me chifla. Aquí, en la playa, en el parque, en casa? Y es que hay que estar informada, no se puede ser una analfabeta, una ordinaria, que las hay a montones. Fíjense: siempre, siempre me leo de cabo a rabo todo esto, todo todito, para formarme una opinión responsable sobre la vida y sobre el mundo, sí señor. Y en hojas con fotos, nada de eso de internet, ni libros de filosofía y de mentiras. Me basta y me sobra con esto para saber la verdad de todo". Y señalaba su fajo de semanarios. Atisbo el "Pronto", "Cuore", el "Semana", el "Hola", "Lecturas", "Diez minutos", "Love", me parece ver "Qué me dices"? Una lectora posmoderna, sí señor. Con opinión fundada acerca de cualquier tema solo a base de las andanzas del famoseo. Así como alimentes tu espíritu, así serás. Dime lo que lees y te diré quién eres. ¡Ah, y recordé al gran Jardiel Poncela!: "Todos los que no tienen nada importante que decir hablan a gritos".

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Me topo al azar con una cita del escritor francés Christian Bobin, de obra tan fragmentaria como interesada por lo que él mismo llama temas nimios (que cuántas veces, ay, son los de mayor fuste). Dice nada menos que así: "La Tierra la va poblando una nueva raza de personas que son a la vez instruidas y analfabetas: expertas en ordenadores pero que nada comprenden de las almas, que han olvidado incluso lo que esta palabra significó. Cuando algo de la vida les golpea ?un duelo, una ruptura?, esas gentes se ven más desprotegidas que un recién nacido, pues tienen que hablar un idioma que ya no existe, mucho más fino que el dialecto informático". Tomen nota, gracias.

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