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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La duda razonable

A la vista de lo que declaraba a este periódico, hace apenas unas horas, el conselleiro de Economía de la Xunta, parece que el grupo de expertos que reunió el Gobierno gallego para dibujar las líneas maestras de la reconstrucción industrial van en la buena dirección. La planta de hidrógeno, por ejemplo, que don Francisco afirmó "será la mayor del mundo", supone un elemento estratégico de alto nivel, y es bien cierto que hasta ahora quien lo proclama merece crédito. El señor Conde no es hombre de fantasías para sacar peito de lobo: cierto que no resulta infalible, pero sí que se ha ganado un margen de credibilidad amplio.

La cuestión -que también podría albergar ciertas dudas razonables- no está tanto el qué sino en el cuándo y en el quién. Y es que por medio hay unas elecciones cuyo resultado parece claro en todas las encuestas -salvo en la del CIS, obviamente-, pero hay pruebas más que suficientes para sostener que quien se confíe del todo en los sondeos está corriendo riesgos severos. Y lo mismo podría añadirse de los proyectos que se hacen públicos justo antes de que sean ratificados -o no- por los electores. No sería la primera vez que las urnas liquiden buenas intenciones.

Eso parece cierto de forma especial cuando los contrincantes políticos de quienes deciden en un momento dado invierten el mapa ejecutivo. Lo primero que suelen hacer es llevarse por delante el programa del rival derrotado, sin pararse a pensar si es bueno o malo, conveniente o no: dan por palabra sagrada el escrutinio y argumentan que quienes exigen la liquidación son los ciudadanos y no sus electos. Algo que en sentido amplio podría ser cierto, pero que visto desde más cerca no resulta obligadamente así: la gente del común lee pocos programas al completo.

Es por eso por lo que muchos recuerdan que en víspera electoral pocas cosas hay mejores que pactar -entre todos- los proyectos de futuro. Especialmente cuando son, como se ha dejado escrito, estratégicos y, por ello, suelen requerir inversiones de cierta importancia. Y, a veces, plazos dilatados cuyo cumplimiento puede sobrepasar una legislatura. De esos -proyectos pactados- hay muy pocos en Galicia, y no porque falten necesidades, sino porque la clase política de aquí tiene, aunque con excepciones notables y conocidas, poco -con perdón- nivel.

Sea como fuere, son llegados los tiempos para que, si realmente hay sentido de lo común en ese oficio, se haga lo que dice la definición del ars politicae: posibilitar lo que resulta necesario. Al menos para que eso de la "nueva realidad" que tanto predican desde el entorno de la Moncloa sea de verdad nueva y, por supuesto, no lo que ahora parece: una ficción. Porque aunque los cuentos -incluidos los chinos- nunca vienen mal del todo, quien abuse de ellos acabará por ser considerado como solo un farolero. Y a nadie, y menos en la vida pública, le gustaría.

¿Eh...?

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