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Matías Vallés.

Una sandía vale más que un móvil

En la muerte del centenario Mario Bunge cabe refrendar que la economía es la más subjetiva de las pseudociencias. Es curioso que se hable del control futuro de los seres humanos, cuando esa domesticación se logró décadas atrás con la hipoteca y demás artefactos esclavistas de complicación del dinero. Pero mi motivo de mayor pasmo frente al economicismo consiste en que un móvil cueste más que una sandía. Y aunque nunca será una ciencia, la disciplina se enderezará racionalmente cuando corrija ese absurdo.

Supongamos que te propongo de buena mañana:

-¿Me cambias el móvil por una sandía?

Imagino tu mueca, que además me permite adivinar el desayuno en tu aliento. Café con leche, miel, mermelada, cereales, una pieza de fruta. Ahíto, ni siquiera te dignas responder a la pregunta, pese a lo cual vuelvo a insistir cerca del mediodía, cuando llevas cinco horas en ayunas:

-¿Me cambias el móvil por una sandía?

La respuesta sigue siendo negativa, pero el estómago temporalmente desasistido obliga a plantearse como mínimo el experimento teórico, la hipótesis de un bocado de fruta salvaje con retorno a la infancia incluido. Has de apaciguar durante unas décimas de segundo al salvaje que llevas dentro.

Imaginemos para acabar que llevas dos días sin comer, tal vez aislado en casa por un coronavirus, y que en la perseverancia que es la única virtud que le reconozco a la economía, resurge la oferta:

-¿Me cambias el móvil por una sandía?

Como mínimo empezaríamos a negociar, y si mantienes un átomo de consciencia, me pedirás dos o tres sandías por tu flamante smartphone. Quedará probada la subjetividad caprichosa de la falsa ciencia más encopetada, y los agricultores revoltosos ya saben el procedimiento para cobrar un precio justo.

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