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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

La apisonadora del Donald

Donald Trump no es un hombre de lecturas, de reflexiones ni, por supuesto, de sutilezas diplomáticas: el presidente de Estados Unidos es un hombre de apisonadoras.

Apisonadoras como la que ahora pretende utilizar en Palestina, dando por buenas todas las pretensiones anexionistas y contrarias al Derecho Internacional del Estado judío sobre tierras palestinas, supuestamente a cambio de miles de millones de dólares en futuras inversiones.

No es la primera vez que recurre a métodos propios de la mafia o la Ndragheta: lo utilizó en su día en Escocia, donde quiso llevarse por delante a unas cuantas familias de granjeros y pescadores que defendían sus propiedades, situadas en un terreno donde el entonces solo promotor inmobiliario iba a construir "el mayor campo de golf del mundo".

Algunos valientes se resistieron y se negaron a aceptar sus coacciones, y Trump decidió entonces vallar una de las propiedades que se le oponían, como, tiempo después, intentaría hacer en la frontera con México, construyendo un muro para que no entrase en el país tanta "basura latina", que solo quiere latinos con dinero.

Desde el día aciago para el mundo en que llegó a la presidencia, el Donald no ha dejado de hacer favores a Israel: reconocimiento de Jerusalén, la ciudad de las tres religiones monoteístas, como capital indivisible del Estado judío, reconocimiento también de su anexión de los altos del Golán, arrebatados a Siria, y de las colonias judías construidas ilegalmente en tierras que son de los palestinos.

"Hoy Israel da un gran paso hacia la paz", proclamó Trump, el hombre de las hipérboles, los tuits y las continuas mentiras, al anunciar un plan que no tiene para nada en cuenta el derecho internacional, que parece que debe aplicarse so pena de sanciones al resto del mundo, pero nunca a la superpotencia ni a su principal aliado en Oriente Medio.

El que Washington llama farisaicamente "plan de paz" exige de las autoridades palestinas que acepten los hechos consumados, deja el valle del Jordán bajo control militar israelí y establece la consideración de Israel como Estado judío, lo que equivale a una política de facto de apartheid, de segregación de la población árabe que allí habita.

El futuro Estado palestino que propone Trump comprendería Gaza y Cisjordania, que quedaría reducida a una serie de bantustanes como los que existían en la antigua Suráfrica, algo que lo convierte en inviable.

A los millones de refugiados palestinos -cinco millones siguen tutelados por la ONU- no se les reconoce el derecho de retorno a las tierras que fueron de sus antepasados durante siglos y muchas de las cuales ocupan ahora judíos llegados de cualquier lugar del mundo.

A cambio de todas tan dolorosas cesiones, que ningún palestino puede fácilmente aceptar, EE UU ofrece el caramelo de 50.000 millones de dólares en inversiones durante diez años, que se repartiría entre Gaza y Cisjordania, por un lado, y los países vecinos, Jordania y Egipto, por otro.

La injusticia no puede ser más flagrante, y resulta irónico que el anuncio de ese plan haya coincidido con las conmemoraciones del 75 aniversario de la liberación por el Ejército Rojo del campo de exterminio de Auschwitz.

El anuncio supone un espaldarazo de Trump a un político acusado de corrupción como es el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que encara nuevas elecciones, a la vez que una maniobra de distracción de los problemas del propio Donald, que se enfrenta en el Senado a un proceso de impeachment por abuso de poder y obstrucción del Congreso. ¡Tal para cual!

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