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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

¿Por qué no un tribunal internacional para el cambio climático?

¿Por qué no podría haber en efecto un tribunal internacional para los crímenes contra el cambio climático, como el que sugiere el científico alemán Hans-Otto Pörtner?

Un tribunal que no se limitase, como algunos tribunales de derechos humanos, a juzgar solo a tiranos y déspotas africanos, sino también a los gobiernos de los países desarrollados, que son los máximos responsables de ese desastre ecológico.

Como explica el citado científico, colaborador de Instituto Alfred Wegener, quien acelera por acción u omisión el calentamiento del planeta comete de hecho un crimen contra los derechos humanos que debería ser oportunamente castigado.

Se trata de un problema de dimensión global, que no conoce fronteras, y quienes, como ocurre con Estados Unidos o China entre otros muchos países, impiden la adopción de medidas urgentes para revertir ese fenómeno, están cometiendo un crimen perfectamente asimilable a los de lesa humanidad.

Como se ha puesto una vez más de manifiesto en la cumbre del clima celebrada bajo presidencia chilena en Madrid, muchos gobiernos prefieren seguir haciendo caso omiso de las constataciones irrefutables de la comunidad científica.

Temen muchos de esos gobiernos, entre ellos los europeos, que la adopción de medidas tan drásticas como serían necesarias podrían poner en peligro millones de puestos de trabajo en industrias poderosas como la del automóvil.

Y son sobre todo los jóvenes, las generaciones que sufrirán en carne propia las consecuencias del cambio climático, quienes piden a los políticos que escuchen a los científicos y emprendan con urgencia las acciones que éstos consideran absolutamente imprescindibles.

Los jóvenes, como la sueca Greta Thunberg, convertida en icono de ese nuevo movimiento, defienden en las calles de las ciudades de todo el mundo la supervivencia del planeta y reclaman a sus mayores que salgan finalmente de su zona de confort y se atrevan a tomar nuevos caminos.

Muchos países, es cierto, dependen económicamente de la explotación de la energía fósil de su subsuelo o de los fondos marinos, y necesitarán mayores esfuerzos que otros para adaptarse a las nuevas circunstancias, pero hay que hacerles comprender que no pueden sustraerse a un desafío que es común.

Como señala el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU, el calentamiento global no puede superar los 1,5 grados centígrados si se quieren evitar que sus efectos sean ya irreversibles.

Hace tiempo que los gobiernos de todo el mundo deberían haber tomado nota, pero han preferido esconder la cabeza debajo del ala como los avestruces y no reaccionarán, como dice Pörtner, hasta que el fuego "les queme el culo". Y entonces será ya demasiado tarde.

Los políticos no van a reaccionar mientras no haya un movimiento masivo de protesta en las calles, pero resulta por desgracia más fácil convocar una manifestación en contra de la subida del impuesto sobre el combustible del automóvil particular que a favor de los transportes públicos.

O cambiamos todos cuanto antes nuestros hábitos de consumo o no habrá quien pare el calentamiento global y, con él, la desaparición, no ya sólo de las especies, sino de la propia vida humana en el planeta que todos compartimos. ¿O es que alguien piensa salvarse o salvar a los suyos emigrando a cualquier otro de nuestro sistema?

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