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¿Cuál es nuestro relato?

Ante la repetición de las elecciones generales

Puesto que probablemente no vamos a tener gobierno por lo menos en 2019, ya da lo mismo discutir qué asuntos de la vida política de este país hay que resolver antes de que finalice el año, porque está claro que todos quedarán para la próxima legislatura. Seguiremos titubeando sobre una cuerda floja, sin saber qué es lo que realmente tiene arreglo y qué no. Todo resulta igual de perentorio y al mismo tiempo cualquier cosa se puede postergar tanto como otra ante la llegada de unos comicios; lo sabemos bien en España donde, sin contar las autonómicas y municipales, estamos a punto de celebrar las cuartas elecciones en apenas cuatro años. Pero no desfallezca ya que desde ahora y hasta la noche de autos los políticos darán lo mejor de sí para convencerle a usted de que solo ellos pueden hacer que su vida merezca la pena. Incluso es posible que, con un poco de suerte, manden que se limpie de una vez por todas la maleza que crece exuberante en algunas cunetas, para tenerle alegre y dichoso.

La torpeza que han cometido los grandes líderes estatales de los grandes partidos nos parece antológica y nos deja perplejos. No sé si bastará con que les destituyan y pongan a otros candidatos para reanimar al más exhausto y lograr que la gente acuda a votar el 10 de noviembre, pero no le quepa duda de que algunos de esos mandamases, si no todos, llevan hechas sus propias cuentas y que el error al no producirse acuerdo no ha sido precisamente de cálculo. El lenguaje les delata. El martes, cuando ya estaba todo decidido, la ya vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo, transmutaba en la Ser de "progresista" a "moderada"; sostuvo que los ciudadanos no votamos coaliciones e insinuó que la repetición electoral funcionará como una segunda vuelta (sin república) que es a lo que, según algunos analistas, aspiran los socialistas con el desgaste de Unidas Podemos y Cs. Lo que les gustaría, y Calvo lo dejó claro, sería modificar las reglas del juego para facilitar las mayorías, en concreto la suya. O la del PP. Pablo Casado interviene poco, y lo hace con el mismo objetivo que el PSOE, que en su caso es el de cosechar los votos desangrados por el resto de la derecha y también los que derrame, algunos, el partido socialista por el coste de este período de bloqueo del Gobierno. La insistencia desesperada de Iglesias y Rivera sonó a una "escenificación" de precampaña tristísima, que sociólogos y politólogos habían anticipado mucho antes de que se hiciera efectiva la tragedia. Incluso la televisión pública se adelantó y sacó a concurso la semana pasada el operativo de la futura noche electoral. Todo nos parece ahora un teatrillo perfectamente coreografiado para conducirnos a escoger entre papá o mamá, dulce o salado, rojo o azul, tan claro aparece una vez desmaquillados los actores. Parece que la idea principal es advertir de que, a menos que desempolvemos los tiempos de la mayoría absoluta, para el verano volveremos a ir de nuevo de cabeza hacia las urnas.

Y ahora que se cierra el círculo da la sensación de que hemos consentido escuchar demasiadas respuestas sin hacer las preguntas correctas; sin hacérnoslas a nosotros, claro está. El lenguaje crea realidades y, por desgracia, las nuestras, las de ahora, son las de una generación humana de "ciberproletarios", cada vez con menos léxico y con más cifras que se tienen que saber leer. Los números del CIS, por ejemplo, que dicen que hay tres veces más gente afiliada a la AMPA de la escuela o a la asociación de vecinos del barrio que a un partido. La política genera desconfianza a 3 de cada diez electores. A un 15,4% les produce indiferencia. A un 6% les irrita. Ahora que un buen relato vale más que mil palabras, quizás nos falta generar el nuestro a partir de esos números, para que adquieran un sentido íntimo en nuestro modo de pensar, de sentir y de actuar. Porque solo hay dos maneras de explicarnos nuestro enfado mayúsculo y el giro que han dado los protagonistas del escenario político de nuestro país, una vez aplacada la enorme sacudida, positiva para algunos y nefasta para otros, de los resultados de abril; o no nos supimos expresar bien o no hemos entendido que esto que nos viene ahora es lo que en realidad queremos.

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