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Matías Vallés.

Al Azar

Matías Vallés

El mafioso no es Maradona, sino el fútbol de élite

Los biopics documentales recientes de Amy Winehouse, Whitney Houston o Janis Joplin habían establecido la ley inapelable de que la celebridad no admite transacciones. Sus víctimas son succionadas con una energía inhumana. Resistirse al campo magnético de la fama solo empeora el desenlace. El resultado menos doloroso suele ser la muerte. Ahora se ha estrenado "Maradona", a cargo del mismo Asif Kapadia que biografió magistralmente para la pantalla a la primera de las cantantes citadas. La conclusión no varía. El mafioso dista de ser el futbolista centelleante captado por la Camorra en Nápoles. La "banda", que diría Albert Rivera, es el fútbol de élite por definición.

Maradona confiesa en off que su adicción a la cocaína nació "en un boliche de Barcelona", que así se refieren en argentino a las discotecas. Sin embargo, el documental se centra en sus años napolitanos, cuando sortear a las masas enloquecidas le costaba mayor esfuerzo que sentar a Inglaterra entera camino de un gol inverosímil. Una vez en Nápoles, donde arrastró al modesto club local a dos ligas inesperadas y a una Copa de la UEFA, el astro lo tenía más difícil para librarse de la Camorra que de los tacos de Goikoetxea. Y eso que los borceguíes le dejaron la misma huella indeleble que las inyecciones que recibía en su espalda.

Un Dios en el estadio equivale a un marginado suburbial, al solicitar cocaína y prostitución. La grabación telefónica de Maradona rogando droga y carne resulta más estremecedora que su carrera artística sobre el césped. La asociación del deporte de élite y el crimen organizado se presenta como una noticia, casi una salvedad, cuando obedece a una ley y solo la pureza del futbolista debería sorprender a su feligreses. Se contraargumentará que hay astros que no han sucumbido a los polvos blancos, pero el consumo individual es menos lesivo socialmente que el fraude sistemático a Hacienda, en el que han incurrido Cristiano Ronaldo, Messi, Neymar y prácticamente todos los goleadores con fortunas a esconder.

Saltando de lo individual a lo institucional, al repasar la lista de mandatarios de la Mafifa, o de su sucursal europea, detenidos y encarcelados se abandona cualquier pretensión de aislar el problema de la corrupción en las altas esferas deportivas. El noviazgo de Maradona con la cocaína no responde a una tara restringida al número diez de su disciplina. Basta leer las dos primera páginas de "Cerocerocero" de Roberto Saviano para calibrar la difusión del problema. Por lo menos, Maradona la película brinda una constatación. No hay un solo segundo fuera del estadio en que el jugador no parezca un ser despreciable.

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