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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La memoria

En una fiesta grande, tan grande que no solo abarca Compostela y el país entero sino aquellas otras tierras en las que se hallen gallegos y gallegas, es primera obligación -social y moral- disfrutarla. Y hacerlo a fondo, por respeto y reconocimiento al Día de Galicia, que es su denominación oficial y seguramente mayoritaria, o el de la Patria Galega, como prefieren otros. Una diferencia curiosa porque mientras la primera se celebra de forma unitaria, la segunda sirve también para que se visualice lo que separa a sus convocantes. Y eso da que pensar.

Desde aquel respeto a todos los que honran la jornada, acaso no estorbe una reflexión que no por repetida pierde actualidad. Se trata, por supuesto, de la conveniencia de que cada 25 de julio desaparezcan, siquiera por un día -y precisamente en este Día- no ya las discrepancias que marcan distancia entre protagonistas, sino el aparente -y equivocado, en opinión de quien esto escribe- anhelo de exhibirlas. Algo, oficialismo y libertad, que era contradictorio durante la dictadura pero que ahora ya no. Entre otras razones porque lo oficial y lo que no, son democracia.

La jornada, siempre desde un punto de vista personal, debería pues ser la de la memoria. Dedicada en primer lugar a lo que fue y lo que es Galicia y también a lo que puede y debe ser en el futuro si sus habitantes alcanzan a conseguir el proyecto común que Ortega definía. Que no obliga a la uniformidad, sino a asumir lo colectivo como nexo y no como brecha y normalizar de ese modo la diversidad. Y que en ese sentido en pocas ocasiones como ésta parece tan necesario, metidos como están estos Reinos en el mal camino de los frentes y los radicalismos.

Y este Día ha de ser también el de la memoria dedicada a las víctimas de la tragedia de Angrois. A quienes fallecieron allí, a los que, heridos, murieron después o sobrevivieron, a sus familiares que recuerdan el horror, y a las mujeres y hombres de los diferentes cuerpos policiales, sanitarios, de Protección civil y ciudadanos/as que se volcaron para ayudar. Aquella fatídica fecha es ya, para el conjunto de gallegas y gallegos donde quiera que estén, el día de la tristeza y el de la solidaridad. El día en que no existió distancia política ni diferencia social: debería recordarse.

(Hay, también, elementos que no pueden ser olvidados. Que, seis años después de lo ocurrido, aún no hay fecha para que los tribunales determinen las responsabilidades, penales en este caso, o civiles después. Es demasiado tiempo para la Justicia, y seguramente una prueba más de que el sistema judicial necesita muchos más recursos de los que tiene para ser de verdad justo y también eficaz. Y por supuesto, insistir en la denuncia de lo inaceptable que resulta que este tiempo haya transcurrido sin que se determinen las responsabilidades políticas. Que las hay aunque Angrois fuese un accidente, pero que quienes debieron concretarlas y exigirlas no hicieron esfuerzo serio alguno más que para intentar -con éxito, parece- de que de eso se hablase lo menos posible. Reclamarlo ahora puede parecer ingenuo, pero nadie puede prescindir de la memoria.

¿Verdad?)

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