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Joaquín Rábago.

Doble chantaje

El Gobierno socialista de Pedro Sánchez ha estado sometido a un doble chantaje: el de los independentistas catalanes y el de la triada de la derecha centralista. Unos y otros se complementan y ayudan: cuanto peor, mejor? ¡para nosotros!, parece ser su consigna. A la que se han mantenido fieles a base de tensar la cuerda hasta romperla.

Con el hálito de la derecha en el cogote, el líder socialista no se ha atrevido a dar el paso que le reclamaban los insaciables independentistas: el reconocimiento del que llaman su particular "derecho a decidir".

Mientras tanto, desde el otro lado, la doble derecha del PP y Ciudadanos, unida a la ultraderecha posfranquista, se dedicaban a acusar al presidente del Gobierno de traicionar a la nación y romper España.

Todo ello, sin aportar la mínima prueba de sus gravísimas acusaciones y, por supuesto, sin decir cómo podrían ellos solucionar el conflicto catalán más allá de proponer la aplicación por segunda vez del artículo 155 de la Constitución. Eso sí, un artículo 155 mucho más duro que el que con nulos resultados aplicó en su día el anterior jefe del Gobierno, Mariano Rajoy, un político poco imaginativo y a quien la actual tríada consideró siempre un "blando".

Resulta en cualquier caso difícil gobernar un país cuando partidos que representan a millones de ciudadanos, lejos de alentar el compromiso y el diálogo, consideran al rival político solo como un enemigo ilegítimo con el que hay que acabar. Y que utilizan para ello la demagogia más burda, jaleados en su labor de zapa por periódicos y contertulios tan descaradamente partidistas que deberían avergonzar a cualquier profesional.

Al mismo tiempo, vincular, como trataron de hacer los separatistas catalanes, la aprobación de los Presupuestos del Estado a la aceptación sine qua non de sus condiciones para el diálogo con Madrid es querer convertir al Gobierno en simple rehén de sus pretensiones. Por supuesto que entre demócratas debería poder hablarse de todo, incluso de un referéndum sobre la independencia, pero nunca un Gobierno legítimo -y el de Sánchez lo es, pese a lo que diga la derecha-, puede aceptar ese chantaje.

Al final los dos extremos consiguieron su objetivo. Y cada cual intentará lograr con su demostrada intransigencia más votos en los que consideran sus respectivos feudos. Toca a los ciudadanos demostrarles en las urnas su error de cálculo.

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