Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Justicia a lo moro y otras justicias

En defensa de la tradición judicial occidental, basada en el humanismo

Seguramente lo han advertido, la palabra "justicia" es una de las más emitidas en los últimos tiempos, ahora bien, su significado es muy variado, y, a veces, confuso. He aquí un dúo de músicos, Andy y Lucas, exhibiendo una pancarta con las fotografías de varias víctimas y pidiendo justicia para ellas. ¿Qué se quiere decir con ello? Pues es confuso, porque hay ahí, fallecidos cuyos culpables no han sido hallados, desaparecidos cuyos cuerpos no han sido encontrados, asesinados para los asesinos de los cuales se pide una pena más alta. Como ven, poco más allá de una emoción empática que se une últimamente a las tres sílabas de "justicia" y una especie de vago deseo de una justicia popular que, por serlo, sería "justa", unido ello a una cierta desconfianza hacia las leyes y las instituciones.

Justicia en otro sentido lo reclaman lo que pudiéramos llamar afectados por accidentes, ellos o sus familiares. Son, por poner algunos ejemplos, los de las víctimas del Madrid-Arena, del accidente ferroviario de Angrois, el del avión de Spanair en Barajas el año 2008. Lo que aquí, en general, reclaman los afectados es "más justicia", cuya traducción son dos cosas distintas: de forma universal, penas mayores para los responsables o aumentar el número de ellos, pidiendo encausar a gentes que, a su entender, aunque ahora no están encausados tuvieron culpa o responsabilidad en esos accidentes; en algunos casos, a esa reivindicación "moral" o de venganza se unen las reclamaciones económicas.

Y en movimiento permanente hacia los límites de la justicia está la "justicia de sexo" desde que el Tribunal Constitucional se dejó llevar por el impulso de lo políticamente pío y rubricó la desigualdad sustancial de hombre y mujer en las penas relativas a las cuestiones de violencia y la condición culposa de todo varón en esa materia hasta tanto no demuestre su inocencia. Pues bien, con escándalo y protestas de jueces y abogados, el 3 del pasado agosto el gobierno de las mil lenguas de Pedro Sánchez ucaseaba un real decreto sobre violencia de sexo, en el que, entre otras cosas discutibles, pone en manos de los servicios sociales la opción de colocar sobre un varón la etiqueta de ex illis es, de agresor, sin prueba ni juicio, a la pura voluntad de la acusadora y de la empatía hacia la misma de quienes (o quienas) tienen su modus vivendi y su pasión en esas materias y con ese prejucio sobre el mundo.

Esa visión prejuiciosa quiere, por lo oído, ahora extenderla el Gobierno a toda la legislación, pues pretende crear una comisión para revisar nuestras leyes desde el punto de vista del sexo (y quédese el "género" para el gremio del textil).

En otros aspectos, lo que se advierte es una creciente tendencia a exigir que la justicia actúe con inmediatez y que sus resoluciones se ajusten a aquello que la "sociedad" (es decir, los grupos poseedores de algún tipo de bandera, los programas televisivos del encanallamiento y las redes sociales) ha decidido qué y cómo debe ser. No hay más que recordar los casos de Dolores Vázquez Mosquera (caso Wanninkohf) o Diego Pastrana para saber a dónde conducen la histeria y el "derecho" del pueblo a juzgar y condenar.

No lo llamemos "ley de Lynch". Vayamos más atrás, llamémoslo "justicia a la mora". Recuerden ustedes. Capítulo XXVI de la segunda parte del Quijote. El muchacho que relata ante el retablo de maese Pedro el episodio de Gaiferos y Melisendra, tras referir la afrenta de un moro a una dama y el castigo que por ello recibe, proclama con admiración: "y veis aquí dónde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas no habiendo sido puesta en ejecución la culpa; porque entre moros no hay "traslado a la parte", ni "a prueba estese", como entre nosotros".

A lo que don Quijote replica:

-Niño, niño, seguid vuestra historia en línea recta y no os metáis en las curvas o transversales; que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas".

Meditemos un segundo en lo que nos dice este episodio cervantino: menos justicia a lo moro, menos "sharia", y más justicia, esto es, más justicia occidental -democrática-, aquella que nos ha costado siglos de humanismo y razón perfeccionar. Por lenta que sea, por irritante que pudiere resultar momentáneamente.

"Que para sacar una verdad en limpio -reiterémoslo frente a nuestra pretensión de conocer la verdad al primer golpe de vista- menester son muchas pruebas y repruebas".

Y no crean ustedes que es solo la gente: algunas de las disposiciones legislativas se acercan también a esa justicia añorada por el galopín que el retablo de maese Pedro describe.

Compartir el artículo

stats