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Juan José Millás.

Usted verá

Vengo observando que en algunos periódicos digitales, sobre el texto que uno acaba de seleccionar, pone el tiempo que se tarda en leerlo. Confieso que me ha costado comprender el significado de esa cifra. Al principio pensé que se refería a los minutos que el artículo llevaba colgado en la red. Como las cosas no encajaban, acabé deduciendo lo expuesto. ¿Se trata de un dato útil, necesario, de un dato significativo? No lo sé, pero hay algo en esa información que me desasosiega. Supongamos que al espectador de Las Meninas, de Velázquez, se le informara del tiempo que se tarda en ver el cuadro. En verlo se tarda muy poco, desde luego, pero mirarlo lleva más, a algunos les lleva toda la vida. No se trata de comparar una humilde crónica de periódico con una obra maestra de la pintura, pero ¿de qué rama del saber procede el individuo que indica a la velocidad a la que debo leer y, sobre todo, a qué velocidad debo digerir lo leído?

La trampa consiste en eso: en hacernos creer que el tiempo de la lectura y el de la digestión coinciden, que es lo que ocurre con la comida rápida. O mejor aún: que el tiempo de digestión no existe porque la lectura, como los pañuelos de papel, se consume y ya. Lectura de usar y tirar. Dentro de nada, en las portadas de El Quijote pondrá las horas que cuesta llegar hasta el final. ¿Para qué? Para desanimar a la gente, pues es sabido que leer a los clásicos, con lo entretenido que es leer los twits de Trump o de tu cuñado, deviene en un esfuerzo inútil. Cuando voy en coche, no sé, a Asturias, por ejemplo, agradezco mucho el cartel según el cual acabo de abandonar León, pues me sitúa espacialmente. Pero la información sobre los minutos que voy a tardar en leer un reportaje de Truman Capote no me sitúa temporalmente. Me enloquece porque lo siento como una orden. Me dicen que si tardo más soy un tonto de baba que no sabe administrar sus energías.

Me pregunto cuánta gente, desanimada por esta información, abandona, antes de comenzarlos, artículos que le concernían, textos que podrían cambiarle la vida. Es tal la falta de prestigio que aqueja a la escritura que el editor del periódico se ha visto obligado a advertir al lector de los minutos que va a perder leyendo su propio editorial. Solo le falta añadir un "usted verá".

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